Los ejes de mi carreta - Opinión

Los ejes de mi carreta

Autor:

José Aurelio Paz

CUÉNTASE que un escritor se encontró en la calle a un amigo suyo e inició una perorata que, prácticamente, fue un monólogo. Durante más de media hora el otro pobre mortal no pudo decir ni jota. Al darse, supuestamente, cuenta de su impertinencia, el intelectual le dijo: «Bueno, ya hemos hablado bastante de mí. Ahora hablemos de ti: ¿Qué te ha parecido mi última novela?»

La impericia del ególatra lo lleva siempre a la soberbia, sentimiento que comúnmente se confunde con el orgullo o el amor propio, pero que los sobrepasa en tanto resulta mucho más mezquino y demoledor de las buenas actitudes humanas.

Anda por ahí, también, la llamada «Fábula de la carreta» que bien ilustra y compensa esa visión. En ella se dice que un padre, con su hijo, sale al campo. De repente se escucha un sonido muy extraño por encima del común jolgorio de la Naturaleza. A la pregunta del progenitor de qué era ese chirriar, el muchacho contesta que parecía una carreta. «Efectivamente, ella es —afirmó el hombre—, pero si escuchas con cuidado te darás cuenta de que viene vacía». La incredulidad del joven le hizo explicarse: «cuanto más vacía, más ruido hace».

Y, como parábola, este cuento exhorta a que se piense en la explicación del padre cuando alguien se tope con una de esas personas que hablan mucho de sí mismas, que son inoportunas y arrogantes al presumir de lo que han hecho y de lo que tienen, menospreciando a los demás.

La soberbia es prima hermana de la vanidad, ese afán ridículo que hace notar el mérito propio y lo descalifica todo a su alrededor, que busca un protagonismo personal que no le permite al individuo ver más allá de sus propias narices y se alimenta, muchas veces, incluso de una falsa generosidad hacia los demás la cual, luego, reclama una sumisión eterna.

Pero como ella sabe que andar desnuda la lleva al escarnio público, se disfraza de múltiples maneras con un poder mimético envidiable. Por ejemplo, a veces se viste con las túnicas de la sabiduría y muestra una arrogante sapiencia intelectual que no es más que un barniz de bajo precio, el cual no logra esconder las imperfecciones de las maderas interiores.

Ella no admite el error como correctivo para convertir lo negativo en bueno. Puede incluso transmutarse en el Zorro «valiente y justiciero» por su afán de esconder, bajo su negra capa, un sentimiento despechado y mezquino, aderezado con la venganza en su estado más puro, que tiende a calmar una sed de protagonismo tan vieja como la propia historia humana.

Por eso es que hay que aguzar bien el oído al escuchar cada carreta que se acerca. Puede ser la de un obrero que, bajo la supuesta pulcritud proletaria, inocule en su colectivo el divisionismo insano que, a veces, nos hace chirriar de desidia. O la de ese «jefezote» de tabaco y archivos impecablemente ordenados por la señora Burocracia que, con su aplastante bota de ordeno y mando, pretende hacer papilla toda opinión diferente y ajena, y que resulta mucho más peligroso cuando, bajo una supuesta actitud de generosidad que siempre parte del bolsillo del Estado y no del suyo propio, intenta rodearse de un séquito de «incondicionales» que no siempre son los más capaces y los más honestos, sino los mejores aduladores y virulentos que transmutan la palabra servicio en servilismo.

¿Y aquellos que, sencillamente, callamos en una asamblea, bajo una supuesta actitud de humildad, cuando, en el fondo de nuestro espíritu, lo que hacemos es poner a descansar nuestra soberbia para que engorde de incompetencia y silencioso atrincheramiento?

Cuando ella viene a dañar el alma otros virus oportunistas, como la avaricia, la envidia, la intemperancia, la injusticia y la intolerancia, se adueñan del cuerpo todo de un país y pueden convertirlo en fruta madurada con carburo y, en el peor de los casos, podrida bajo la aparentemente sana cáscara.

Saber escuchar, entonces, no es faena infértil; es lograr discernir qué carga cada cual y, a la vez, engrasar con humildad los ejes de nuestra común carreta para que no suene por gusto ni en culto a la fatuidad; en el afán por llenarla de los mejores propósitos que sumen, en lugar de alharaca, el arrullo de las palmas y el canto de los tomeguines.

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