Karl Rove se llevó el cerebro

Autor:

Juana Carrasco Martín

Bush y Rove: cada uno por su lado. ¿Y ahora qué? Foto: AP «Mi muchacho genio», como lo llamara George W. Bush; «el cerebro» de la Casa Blanca, «el arquitecto» de la política presidencial, como lo describe la prensa, acaba de renunciar. Parece que no le quedó más remedio. Karl Rove, el principal asesor presidencial, envuelto en más de un escándalo político —el despido de los fiscales y la filtración de la identidad de la agente secreta de la CIA Valerie Plame, son dos de ellos— está entre las ratas que abandonan el barco. El 31 de agosto es su fecha límite para dejar de manejar los hilos visibles del poder.

«El mundo giró muchas veces desde que comenzó nuestro viaje», filosofó en el discurso de despedida, en el que también dijo: «Echaré de menos, profundamente mi trabajo aquí, a mis colegas y la oportunidad de servirle a usted y a la nación». Lo de «servir a la nación» se lo creyeron muy pocos, y una cifra nada despreciable de estadounidenses y otros seres planetarios se alegraron de la retirada, habida cuenta del protagonismo que este ejemplar del neoconservadurismo tiene en el quehacer de la administración bushiana y en sus métodos de vendetta.

El mandatario defendió desesperadamente a Rove en cada uno de los líos en que este aparecía involucrado, y en más de una oportunidad cuando comentamos sus maniobras, señalamos que para el W., que permaneciera a su diestra era un asunto de supervivencia. Por eso fueron cayendo antes otros personajes de menor cuantía ante las presiones de los adversarios demócratas, de alguna prensa, y de la ciudadanía.

Ahora resulta que se va por la paz de su familia, para pasar más tiempo con ella, según declaró en una entrevista publicada este lunes en The Wall Street Journal. Pero a lo mejor pesó en la decisión tardía el hecho de que los republicanos no pudieron ser llevados a la victoria electoral en los comicios de medio tiempo de noviembre pasado, un desfavorable resultado que desdecía la brillantez de Karl Rove cuando llevó a su jefe a la Casa Blanca en el año 2000 y lo afianzó en 2004. Claro, lograr igual éxito en 2006 era como pedirle peras al olmo, cuando estaban de por medio la «misión incumplida» en Iraq y la crisis de la «reforma migratoria», más toda la gritería de filtraciones, corrupción, diques rotos, etcétera, etcétera, etcétera.

Un fardo mayor en la renuncia son las circunstancias actuales, cuando el susodicho es centro de varias investigaciones congresionales, ha rehusado testificar ante el Comité Judicial del Senado que preside Patrick Leahy, sobre su papel en los despidos de los nueve fiscales personas no gratas para políticos republicanos, y en momentos en que tampoco quiso hablar sobre el uso inapropiado por parte de ayudantes de la Casa Blanca de cuentas de correos electrónicos del Comité Nacional Republicano, para no tener que rendir cuenta del contenido de esos mensajes si hubieran sido transmitidos desde la mansión ejecutiva. Por supuesto, para no testimoniar sobre esas y otras tácticas políticas que rompen las reglas del juego bipartidista, Rove alegó privilegio ejecutivo. ¿Qué pasará a partir de ahora con el hombre que acompañó al W. Bush como su principal asesor político en los últimos 19 años? ¿Y qué pasará con el propio George W. Bush descerebrado?

Porque fíjense si la cosa está mala, que voceros de la administración consideraron necesario dejar en claro que otra íntima de Bush, la señorita Condoleezza Rice, planea continuar a su lado hasta el final.

En su caso puede ser por decisión propia; sin embargo, las dudas pueden surgir sobre otros funcionarios, puesto que Joshua Bolten, actual jefe de gabinete de la Casa Blanca firmó una directriz: los miembros del gobierno bushiano que quieran dejar la administración deberán hacerlo antes de septiembre o de lo contrario permanecer hasta que el barco se hunda (en honor a la verdad, ese término no lo dijo Bolten).

Pero se hace evidente que el momento es crítico y la burbuja revienta. «Hay una nube sobre esta Casa Blanca y una tormenta a la vista», apostilló el senador Leahy...

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