Separación, división, intransigencia…

Autor:

Luis Luque Álvarez

Del multiforme pastel que era Yugoslavia, deshecho a principios de los 90 en varias tajadas —gracias a que EE.UU. y sus aliados europeos empujaban irresponsablemente el brazo de quienes blandían el cuchillo—, queda aún un último trozo que algunos desean repartir: la provincia serbia de Kosovo-Metohija.

Sobre el futuro de ese territorio, asediado en 1999 por los «erráticos» bombardeos de la OTAN —que incluían de vez en cuando en el menú alguna columna de asustados refugiados albaneses—, una troika de mediadores, compuesta por Rusia, EE.UU. y la Unión Europea, anda de Belgrado a Prístina, la capital kosovar, con la hercúlea tarea de poner de acuerdo a serbios y albaneses antes del 10 de diciembre.

El estatuto final de la provincia, ocupada por la OTAN desde 1999, es el que se decide: si la independencia tutelada —como propone el enviado de la ONU, Matti Ahtisaari, y es aceptado por los albanokosovares, la UE y EE.UU.— o el mantenimiento de su estatus de provincia serbia, con una amplia autonomía, según plantea Belgrado.

¿En qué momento está el proceso? Quizá en el peor, pues se desarrolla fuera de la jurisdicción del Consejo de Seguridad de la ONU, donde Rusia había advertido que haría valer su veto para no permitir la segmentación de Serbia.

Una resolución de esa misma instancia —la 1244, de 1999— reafirmaba «la adhesión de todos los Estados Miembros al principio de la soberanía e integridad territorial de la República Federativa de Yugoslavia», país del que la actual República de Serbia es heredera. Sin embargo, las posibilidades que se barajan con más fuerza apuntan, precisamente, al desconocimiento de dicho texto.

Entre ellas está la separación, deseada por los albaneses, que en toda Serbia son minoría pero que constituyen el 90 por ciento de los habitantes de la provincia (fuentes oficiales serbias la ubican en el 82 por ciento). Para el gobierno kosovar, la labor mediadora es solo «el último retraso» en un camino que conducirá irremediablemente a la independencia. Y la amenaza es que esta se proclamará a finales de año, indistintamente de lo que piense la ONU, Rusia, Serbia, etcétera.

Algunos incluso lanzan la advertencia con menos disfraces. El periodista y político albanokosovar Veton Surroi, que paradójicamente documentó y denunció los asesinatos de civiles serbios a manos de fanáticos albaneses cuando la OTAN pasó a controlar la zona, afirmó que la paciencia albanesa «no es infinita», y que podrían producirse disturbios, en los que, por supuesto, ya sabemos quiénes pondrían la sangre.

La otra «opción» —que para Serbia no lo es en modo alguno— sería la división de Kosovo, según admitió el representante de la UE en la troika, Wolfgag Inschinger. Se trataría, en este caso, de dejar bajo control de Belgrado las áreas mayormente habitadas por serbios, que en el mapa de la provincia son pequeñas franjas ubicadas al este y al norte.

De implementarse una alternativa de este tipo, la resolución 1244 iría a parar al cesto de la basura. Sin contar que, para el país eslavo, el alma de la nación se encuentra precisamente ahí, en el sur, poblado desde la Edad Media por numerosos monasterios, alrededor de los cuales se formó la identidad serbia. Solo tras finales del siglo XVII, cuando decenas de miles de serbios emigraron hacia el norte, huyendo de los invasores otomanos, los albaneses se hicieron mayoría en el territorio.

Paradójicamente, la partición de Kosovo no solo resulta inadmisible para Serbia. El primer ministro de Albania, Sali Berisha, advirtió el martes que una posible división de Kosovo sería inaceptable, y que «el respeto de las actuales fronteras internacionales de los países balcánicos y de la independencia de Kosovo (...) son la única vía para la paz y la estabilidad».

Pero, señor mío, ¡respeto a las fronteras internacionales es, justamente, lo que reclama Serbia! Si desde Tirana y Prístina siguen soplando estos aires de intransigencia, será muy difícil mantener el optimismo hasta diciembre.

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