Ochenta y ocho - Opinión

Ochenta y ocho

Autor:

Luis Luque Álvarez

Así exhiben su clave los neonazis en Muelgen. Foto: Reuters

El número 88 que ven en la imagen, no fue escrito por un niño travieso armado de un spray, ni un vecino chapucero lo pintó para marcar su casa. La pared en que lo estamparon corresponde a una edificación de la pequeña localidad de Muelgen, Sajonia, uno de los estados federados que integraban la extinta República Democrática Alemana.

¿Por qué un 88? Un simple ejercicio de la mente nos llevará a reconocer que la H es, exactamente, la octava letra del alfabeto latino. Así, quien dibuja un 88 está queriendo significar HH. Y dicha repetición es una forma de decir nada menos que... «¡Heil, Hitler!».

Ahí está el 88. Precisamente en un poblado del este de Alemania, en el que ocho inmigrantes de la India debieron correr por su vida —ya con una atroz paliza sobre sus cuerpos— delante de 50 neonazis que lanzaban botellas y gritaban «¡Extranjeros, fuera!».

El único «error» de los asiáticos fue haber bailado con una mujer alemana. Ahí comenzó su calvario. Y quienes participaban de la fiesta nocturna, no movieron un dedo. La propia primera ministra, Angela Merkel, por boca de su portavoz, calificó el hecho de «vergüenza» y condenó a los habitantes de Muelgen por no haber intervenido.

«No podemos actuar con esa apatía e indiferencia. Virar el rostro y mirar hacia otro lado no es una opción», añadió.

Ya desde el año pasado, cuando las agresiones racistas se incrementaron en un 20 por ciento —dos ataques diarios, fundamentalmente en la Alemania oriental—, Berlín decidió poner en práctica medidas como la organización de actividades contra la xenofobia, la implementación de programas de formación cívica y la creación de oficinas de consejería y apoyo a víctimas de la rapacidad neofascista.

Pero al parecer, los efectos tardan. Que haya todavía descerebrados que queman el diario de Ana Frank (como ocurrió en la ciudad de Pretzien), o que políticos neonazis hayan obtenido escaños en los parlamentos locales de Sajonia y Mecklemburgo-Pomerania Occidental, o que salgan a la calle a celebrar el cumpleaños de los ideólogos del gran genocidio europeo, son síntomas de una enfermedad que jamás desapareció del todo, y que se regodea en la pasividad de quienes deben atajarla. Y en el «no me importa» de quienes permiten que se golpee impunemente a seres humanos.

Preocupa, además, que el grueso de la brutalidad venga de la parte oriental. Algunos estiman que los violentos lo son porque vivieron bajo un régimen político diferente, y el trauma les quedó. Sin embargo, ello no explica por qué entonces hay millones de ciudadanos de la ex RDA que hoy no patean a un semejante en la calle solo por ser distinto.

Tal vez sería más apropiado observar que aún perviven diferencias económicas sustanciales entre ambas partes de Alemania. El lado oriental sigue desindustrializado y subvencionado. La gente se marcha al oeste, mientras se cierran escuelas y negocios, porque no queda nadie para estudiar o trabajar en ellas.

La frustración corroe, y cuando llegan los inmigrantes a ocupar los espacios vacíos, los tontos peligrosos arremeten contra ellos, los ahuyentan hacia occidente, y vuelve el ciclo: «No hay quien trabaje, no hay natalidad, se nos caen los beneficios sociales, vamos hacia el caos...».

El siniestro 88, muchos años después del disparo suicida en el búnker del metro de Berlín, sigue dañando a Alemania.

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