Aprendices de suicidas - Opinión

Aprendices de suicidas

Autor:

Juan Morales Agüero

La vía pública se ha convertido en un martirio para muchos choferes. Poco importa el número de ruedas o el porte de sus vehículos. En realidad, lo mismo se mortifica el conductor del bicitaxi que el del auto ligero. El motorista y el ciclista blasfeman también por culpa de esta suerte de irracionalidad callejera. Se trata de una aberración que todos los días incorpora nuevos adeptos.

Pues sí, a algunas personas les ha dado últimamente por desafiar la esencia misma de la lógica del tránsito: la calle es para los carros y las aceras para los peatones. En ciertas arterias los conductores se están viendo precisados a moderar la marcha o, incluso, a aplicar los frenos, para cederles el «derecho» de vía a la gente de a pie. ¡Increíble! Uno se pregunta, desconcertado: «¿Se habrán trocado los papeles?». Porque desde que el mundo es mundo, en la calle tienen preferencia de circulación los medios de transporte.

De nada sirven bocinazos ni palabrotas, porque los imprudentes insisten en caminar por el mismo medio de las calles. Es un suceso inédito en la historia de la vialidad. Recórralas para que compruebe las dimensiones del asunto. Vaya en pleno horario laboral, cuando las shopping estén abiertas al público y usted se llene los ojos con ese ajetreo intenso y nutrido que casi no permite caminar.

El tema está colmado de matices, pues no todos los paseantes se conducen de la misma manera. Están quienes cruzan la calle con toda su calma, sin comprobar siquiera la proximidad o no de un vehículo en marcha. Para ellos los pasos peatonales no existen. He visto a más de un carro hacer chirriar sus gomas para no atropellar en semejantes circunstancias a uno de estos insensatos con vocación de suicidas. Y asómbrese: en casi todos los casos, los «ofendidos» resultan los infractores. ¡Hasta se permiten increpar y tildar de culpables a los conductores, quienes por lo común suelen llevar la razón en este tipo de incidentes!

Hay más: se está perdiendo la costumbre de caminar por las aceras. Muchas personas —algunas por negligencia y otras por descuido— prefieren hacerlo un escaño más abajo, es decir, por el asfalto. Olvidan que el pavimento es privativo de los vehículos y su hábitat por excelencia. Claro, también sucede que las aceras están siendo utilizadas en muchos sitios para menesteres impropios. Hay quienes parquean sus bicicletas allí sin el menor complejo de culpa.

Si la situación no cambia, habrá que concebir sanciones ejemplarizantes contra quienes se empeñan en escamotearle la calle a la circulación vehicular. Existen correctivos para los choferes que violan con su conducta lo previsto en el Código del Tránsito, ¿no? Entonces, ¿por qué no hacer lo mismo con los peatones que infringen su articulado? La medida tendría efectos inmediatos para el mejoramiento de la educación vial.

Este problema no se resuelve con pitazos ni con improperios. Su solución se asocia con la toma de conciencia respecto a cuál es el sitio que le toca a cada uno en la vía. Es la única forma de garantizar seguridad para todos sin tender un corredor hasta los salones de emergencia de los hospitales... ¡o quién sabe si hasta más lejos!

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