Enamorados de su voz - Opinión

Enamorados de su voz

Autor:

Julio Martínez Molina

Cicerón definió dentro de la literatura al estilo «ático» como el más depurado, impersonal, preciso y compacto.

Si hubiera podido asistir a ciertas reuniones cubanas habría conocido un nuevo estilo —este dentro del campo de la oratoria—, caracterizado absolutamente por todo lo contrario: el «narcisismo vocal».

A sus practicantes les gusta oírse. Ejecutan una suerte de onanismo verbal cuando hallan espacio de expresión en encuentros, foros, asambleas...

Los enamorados de su propia voz son duchos en encontrar el momento exacto de la actividad, para estamparle un punto de inflexión a su curso y desparramarlo hacia un cauce de lava sonora sin freno.

Lo peor del caso es que, por lo general, esta verborrea no tiene una sustancia; ni siquiera un mínimo de enjundia como para aportar algún elemento al debate.

Simplemente, a lo que contribuye es a obstruir la línea natural de la discusión; a aburrir a los participantes con más de lo mismo; a desenfocar el núcleo u objetivo temático fundamental del asunto abordado.

He perdido la cuenta, en mis 14 años de oficio, del sinnúmero de encuentros que cubrí periodísticamente donde tales intervenciones anegaron —de modo literal— la ruta del foro en un amargo «teque» de autoencandilamiento.

A veces, quienes dirigen o moderan la asamblea tienen el tino y la autoridad para frenarlos a tiempo. En otras oportunidades, sin embargo, los enamorados de su voz se les van por arriba, y ahí mismo se perdió la pelea.

Un compañero de batallas del Che me contó que en cierta ocasión el Guerrillero Heroico le cortó raudo el paso a un espécimen similar, al pararlo en seco con un: «Déjate de repetir sandeces, y permite que piense el colectivo».

Muchas reuniones durarían el tiempo requerido, y su indefinido horario de terminación no se extendería hasta las calendas griegas, de sofrenarse el tsunami de naderías que las aletargan hasta la somnolencia.

Los enamorados de la voz, por inducción directa, son enemigos de la productividad laboral, al necesitar más días y noches que Scheherezada para contar sus cuentos de nunca acabar.

En última instancia, favorecen una cultura de la inacción que entorpece la búsqueda de soluciones a los problemas y coarta la agilidad en salvar cualquier conflicto.

Por extensión, en nada desbrozan el atajo a la operatividad, habida cuenta de que son gajos desperdigados del tronco madre del burocratismo. Y a la postre tratan de acercar el ascua a la sardina de sus intereses personales, pues no siempre todo se reduce a hablar por hacerlo y punto.

Irían mejor nuestros encuentros si todos contribuyéramos a mantener a raya a estos personajes, sin caer en su juego.

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