Historia y frivolidad de un filme

Autor:

Randol Peresalas
Cuando a Hollywood le da por tratar la historia del imperio romano, no son pocos los que la cultivan seriamente que cruzan rápidamente los dedos. Y es que la industria no puede, por mucho que lo intente, rebasar la frontera del entretenimiento y ser rigurosa una vez en su vida. Prefiere dejarse arrastrar y repetir fórmulas por tal de no quebrantarse. Ni la excesivamente premiada Gladiador escapó a gazapos cronológicos de la peor suerte. Pero lo curioso de este fenómeno radica en el paralelismo inconsciente que se establece entre algunas producciones de este corte y el propio destino de la «fábrica de sueños».

La última legión, el filme que ahora pasa por varios cines de la capital, y que la Televisión Cubana transmitiera en el verano, pudiera explicar lo anterior. Se trata de una versión libérrima de la novela homónima de Massimo Manfredi, el popular escritor italiano conocido entre nosotros por su trilogía de Alejandro Magno. Y permítanme el paréntesis, pero libre es una palabra demasiado bondadosa para lo que vemos aquí. En realidad frívola sería más justo. Porque lo poco que quedó del original literario fue sepultado por un tufillo infantiloide, más cercano a la mediocridad de series de aventuras estilo Hércules, que a Roma, por ejemplo, con todas sus fatuidades.

Una trama que pretende ilustrar la caída del imperio romano lo menos que debe pretender es seriedad. La película dirigida por Doug Lefler, no solo es endeble en sus presupuestos dramáticos, sino también en su criterio de producción; amén de que es tramposa, en tanto trata de pasar como un cuento de hadas. Escudados tras el maniatado concepto de entretenimiento, los guionistas —con Manfredi incluido— han tirado por la borda un fatigoso trabajo de investigación como el que debió llevar a cabo el autor de la novela. Bien que la película hace uso de la síntesis, pero lamentablemente cayeron en el error de manipular como ineptos una historia que ya de por sí era suficientemente entretenida, hinchada de peripecias a más no poder y eso les imposibilitó diseñar mejor a sus protagonistas y revelar alguna que otra escena de amor intenso y de sabia discusión sobre el destino final de una época. Manfredi lo había logrado, hasta cierto punto, narrando las vicisitudes de los personajes luego de rescatar al último emperador en la isla de Capri y enrumbarse a Britania. Esa dilatación necesaria, en tanto contextualizaba un poco al lector, fue cercenada con vistas a la taquilla... Pero ¡ay, divina justicia! Ni el público le dio sus favores.

Mirada con indulgencia, la cinta aúna varios de los mejores trucos para enganchar a la audiencia, típicos de una superproducción. Sin embargo, estos chocan de frente con el poco inspirado tratamiento estético dado a los mismos. Los efectos visuales son de primera; en cambio, donde se esperaba despliegue, perspectiva y calado emocional de la cámara, se nos da fotografía chata, sin relieve... Las escenas de acción están demasiado forzadas, y muchas veces no responden a puntos de giro, previamente cocinados en la fábula.

Los personajes sufrieron viradas de todo tipo. En la novela, Aurelio y su chica salían como los verdaderos líderes de esta hazaña. Y eso era un punto a favor de su creador, quien supo colorearlos con todo el vigor y la tragedia de su tiempo. En la película, no ya perdieron justificación histórica, sino, además, eficacia. Colin Firth se esforzó bastante para no despintar a su rudo general, pero es obvio que está dado para papeles más nobles. A la hermosa Aishwarya Rai (Mira), no solo le cambiaron el nombre de su enérgica heroína, sino que también la vistieron y maquillaron a la usanza de Lara Croft. Cuando en los créditos advertimos el nombre de Paolo Scalabrino, quien fuera responsable de vestuario en una cinta de la talla de Pandillas de Nueva York, lo menos que hacemos es preguntarnos: ¿Cuánto cobraste, man?

Aunque tal vez lo más reprochable radique en el halo fantástico con que se quiso cubrir la anécdota. La entrada de Ambrosinus a la vida del niño emperador y su vínculo con las leyendas artúricas fue bien ajustada por Manfredi en un oportuno epílogo de su obra literaria. Aquí se prefirió destacar sus habilidades de prestidigitador (más que de alquimista) por encima de su valor de comentador de una cultura en franca agonía. O sea: desperdicio a pulso.

La última legión es, en última instancia, el resultado al que han llegado algunos ingenuos de la industria: creen que dar entretenimiento a toda costa los mantendrá a flote, y desconocen los innumerables agujeros que la hará zozobrar por superficial e incauta. Se sabe que poco les importa, pero no estaría de más recordar que aquel imperio cayó no solo por las invasiones bárbaras; también vio llegar aquel infortunio por no avistar a lo lejos, y a tiempo, la necesidad de cambiar.

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