Bush ante el espejo

Autor:

Juana Carrasco Martín
Motivado por la reciente visita del presidente ruso Vladimir Putin a Teherán y sus declaraciones de apoyo al programa nuclear para fines civiles de la nación persa, el mandatario estadounidense George W. Bush, arremetió nuevamente este miércoles contra Irán, al que acusó de sentar las bases para la construcción de armas nucleares.

Las amenazas bushianas reiteraron las malas intenciones de ejercer sanciones económicas por parte del Consejo de Seguridad de la ONU, y con avieso objetivo lanzó la terrífica aseveración de que un Irán con armas atómicas sería una «amenaza muy seria» a la paz mundial porque podría provocar la Tercera Guerra Mundial.

La racional posición rusa y la solidaridad del resto de los países de la cuenca del Mar Caspio —Azerbaiyán, Kazajastán y Turkmenistán— con su vecino iraní pone en crisis las pretensiones imperiales en la región y, sobre todo, desenmascara la engañosa propaganda de Washington respecto a lo que es un derecho de Irán y de cualquier país del mundo: lograr su independencia y desarrollo energético.

La cumbre del Caspio dejó meridianamente claro que se opone a cualquier acción militar contra Irán por parte de Estados Unidos o sus aliados, alusión evidente al régimen sionista israelí, donde no ceden las diatribas contra Teherán, expresadas muchas veces en términos y amenazas guerreras.

Las declaraciones de Bush se unen a las formuladas el lunes por su ministro de guerra, el secretario de Defensa Robert Gates, quien aseguró que «todas las opciones» deben mantenerse «sobre la mesa» para enfrentar las supuestas amenazas provenientes de Irán. No hay que ser ducho en política internacional para comprender que el jefe del Pentágono está dispuesto al uso de las armas contra un país que consideran «enemigo» desde que el pueblo iraní y su Revolución Islámica destronara a su hombre, el Sha Reza Pahlevi.

En un discurso pronunciado ante un auditorio muy singular, el Instituto Judío para Asuntos de Seguridad Nacional (Jewish Institute for National Security Affairs), Gates habló nada menos que de las «ambiciones en la región del Golfo», refiriéndose por supuesto a Irán. Lo que describía era la imagen de Estados Unidos ante el espejo:

«Nosotros no debemos hacernos ilusiones sobre la naturaleza de este régimen o de sus líderes, sobre sus designios para su programa nuclear, su disposición a llevar a cabo su retórica, sus intenciones para Iraq, o sus ambiciones en la región del Golfo».

Nada les valió los rumores previos echados a rodar tan pronto como se supo de la Cumbre del Mar Caspio: la posibilidad de un supuesto atentado a la vida de Putin en Irán. La reunión de los países ribereños de ese importante mar interior fue exitosa, se puso de manifiesto una cordura solidaria, y la declaración no pudo ser más explícita a favor del derecho de cualquier país a «utilizar la energía nuclear con propósitos pacíficos sin discriminación».

Una vez más, Bush y su equipo se quedan con las ganas.

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