Loros mentirosos… y persistentes

Autor:

Luis Luque Álvarez
«No tengas la menor duda; ha sido ETA», aseguraba el mediodía del 11 de marzo de 2004 el gobernante español, José María Aznar, al director de El Periódico de Catalunya. Lo mismo se lo repitió hasta el cansancio a cada uno de los jefes de los principales diarios españoles, si bien el tiempo de investigación era poco para ser tan categórico.

Avanzaba la tarde de aquella jornada sangrienta, en la que 191 ciudadanos inocentes fueron emboscados por la muerte en los trenes de cercanías de Madrid, por capricho del terror. A las 8:00 p.m., el ministro del Interior, Ángel Acebes, anunció que en una camioneta se habían encontrado siete detonadores y una cinta en árabe con versículos del Corán, pero «los precedentes (...) apuntan a la intención de ETA de cometer un atentado de grandes dimensiones». Minutos después, Aznar volvió a contactar a los periódicos para leerles la cartilla: «Ha sido ETA», y el portavoz del gabinete, Eduardo Zaplana, insistió un rato más tarde: «Todo nos lleva a que la autoría corresponde a —¿adivinan?— ETA».

El sábado 13, también el vicepresidente Mariano Rajoy regresó con la pituita en el periódico El Mundo, y dijo tener «la convicción moral de que fue ETA».

¡Toc! El juez dio un mazazo el miércoles pasado para concluir el juicio. Tres años y siete meses después del horrendo crimen, casualmente ningún militante de la organización armada vasca ETA está entre los sentenciados. Era mentira. Punto.

El tribunal a cargo del proceso realizó una investigación exhaustiva y condenó a los autores materiales (miembros de una célula terrorista islámica) y a sus cómplices. De los primeros, Jamal Zougam y Otman El Gnaoui recibieron penas de 42 922 y 42 924 años, respectivamente, y de los segundos, José Emilio Suárez Trashorras, quien proporcionó los explosivos, tendrá rejas durante los próximos 34 715 años. La ley ha sido severa también con otros implicados, y ha previsto compensación a las víctimas.

Y algo importante ha quedado en firme: la conclusión de que «ninguna prueba avala la tesis» de la implicación de ETA. Por esta razón, el titular de Interior del oficialista Partido Socialista Obrero Español, Alfredo Pérez Rubalcaba, ha pedido al jefe del derechista Partido Popular, Mariano Rajoy: «Que repita conmigo: ETA no ha sido. Y que repita con los jueces y las fuerzas de seguridad: ETA no ha sido».

Pero en el PP han perdido la oportunidad de quedarse más callados que los peces. Rajoy ha expresado que «el PP defendió siempre la necesidad de investigar hasta sus últimos detalles todos los aspectos del atentado más grave de nuestra historia». Y lo dice sin que le tiemble la voz, a pesar de que él mismo y Aznar repetían como cotorras irresponsables la frase: «¡Es ETA, es ETA!», pasando por encima de la prudencia y la serenidad que demanda una pesquisa sobre un atentado múltiple.

Y vuelve a la carga Zaplana, otro de los loros, a asegurar que el PSOE utilizó el descontento con los estallidos «para ganar las elecciones (del 14 de marzo de 2004), y ahora vuelve a utilizarlo». Ah, claro, ¿y por qué el 11 de marzo y los días siguientes, el PP se empeñó en no considerar la línea islámica, e insistir en la de ETA? ¿No trató acaso de manipular a la opinión pública para ahuyentar el fantasma de una represalia por la agresión a Iraq, a la que José María fue tan alegremente de la mano de George?

Pero Zaplana no se calla, y exige a Zapatero que diga «que no ha sido Iraq (el motivo)». Oh, bien: ¿y cuándo, anteriormente a la invasión contra ese país, España les había importado un comino a algún grupo terrorista islámico? ¿Tiene alguna respuesta, su derechista señoría?

Ya se hizo justicia. Los mentirosos, recómanse los hígados.

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