Imágenes

Autor:

Rosa Miriam Elizalde
Hablemos de imágenes inolvidables. Guardo en la memoria, por ejemplo, el plumaje suave de una paloma que fue a morir a mi ventana, el quejido de una ceiba sacudida por un huracán, el puente sobre el río Yayabo en el Sancti Spíritus de mi infancia, el rostro de una niña en la Mosquitia hondureña, los ojos de mi hija poco después de nacida, el retrato de un filósofo según Rembrandt, la nieve en la cordillera andina, una puesta de sol en Topes de Collantes...

Como cualquier otra persona, guardo en la memoria otras muchas imágenes conmovedoras, pero también algunas horribles, algunas repugnantes, algunas insoportables. Tomo aquí dos de ellas y dejo al criterio del lector decidir en cuál de esos grupos, o si en todos ellos, las quiere incluir. La primera imagen reproduce la rama calcinada de lo que fuera un árbol y en el horizonte, Hiroshima poco después del 6 de agosto de 1945: un valle en el que a duras penas se reconocen humeantes trozos de edificios, cráneos, hierros retorcidos y seres humanos espectrales arrastrándose entre los escombros.

La foto aparece en el libro Shockwave: Countdown to Hiroshima (Ola de shock: Cuenta atrás en Hiroshima), del periodista inglés Stephen Walker y está acompañada del testimonio de un médico que vivía en las afueras de Hiroshima. Él vio avanzar por la carretera a criaturas —no supo nunca si eran hombres o mujeres— a las que se les iba desprendiendo la piel y parecían figuras de jabón derretido, que iban dejando un rastro negro tras de sí. En cuestión de minutos eran cientos los espectros que llegaban y alfombraban el camino. Descubriría más tarde que se trataba en realidad de la segunda hornada de muertos a causa de la bomba que asesinó a más de 120 000 personas de una población de 450 000 habitantes. Los primeros en morir, más de 80 000 personas que vivían en el centro de la ciudad, fueron vaporizados instantáneamente por el calor y la presión de Little Boy («niño pequeño»), el nombre que le dieron los halcones norteamericanos a la primera bomba atómica en la historia de la humanidad lanzada sobre la población civil.

El libro de Stephen Walker cuenta también la historia del soldado japonés Toshiaki Tanaka. Separado de su esposa y su hija por deberes militares, Tanaka no estaba en Hiroshima cuando cayó la bomba. Al día siguiente, regresó en busca de su familia. En el lugar donde estaba su casa encontró «dos montoncitos de huesos, como palos de carbón, fusionados frente a lo que una vez fue su cama. El grupo de huesos más pequeños formaban un haz contra lo que parecía la espalda de su mujer, como si de alguna manera se aferraran a ella. Tanaka supo inmediatamente que se trataba de su esposa y de su hija».

Pues bien, el primero de noviembre murió Paul Tibbets, el piloto norteamericano que arrojó la bomba atómica sobre Hiroshima desde el Enola Gay. Murió Tibbets, viejo, sordo y lúcido. Murió después de medio siglo de tirar a la basura miles de cartas de pacifistas del mundo que intentaron hacerle entender su legado siniestro. «Son todos estúpidos o ignorantes, adoctrinados por los comunistas y los revisionistas», fue su respuesta. A diferencia de compañeros de masacre que enloquecieron, intentaron matarse o entraron en un monasterio, Tibbets nunca demostró el menor arrepentimiento.

Les hablaba al principio de dos imágenes. De la primera ya les conté. La segunda, es más conocida: un Paul Tibbets de 30 años de edad saluda con la mano derecha a un público que no vemos, tras su llegada a un aeropuerto militar de Estados Unidos. Tibbets está feliz: es recibido con honores; será ascendido incluso a general de brigada unos años más tarde. La foto solo muestra la cara del hombre, sonriente, con la barbilla apoyada en una de las tres aberturas del Enola Gay —el nombre del avión aparece con enormes letras negras en la otra mitad de la fotografía. Evade la cámara, quizá porque intuye que tendrá que sostener la mirada de millones que lo maldecirán más allá de su propia muerte.

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