Sin botar el sofá (ni a los rumanos) - Opinión

Sin botar el sofá (ni a los rumanos)

Autor:

Luis Luque Álvarez
Un delincuente rumano ha sido capturado por la policía italiana, y será deportado. Sin embargo, no irá de regreso a su país, sino a Egipto, a un sitio comprado por Rumania en el medio del desierto, donde el truhán se quedará como alma en el limbo. No fastidia en Roma ni en Bucarest, y de paso le hace compañía a la Esfinge.

Los romaní también discriminados en Roma. Foto: AFP Ah, claro, esta es una historia de ficción, aunque la idea se le ocurrió realmente al canciller rumano, Adrian Cioroianu, quien reaccionó de ese modo al conocer que el gobierno del primer ministro italiano, Romano Prodi, promulgó un decreto para expulsar del país a extranjeros que se consideraran peligrosos para la seguridad interior.

A Cioroianu, el presidente rumano, Traian Basescu, le reservó una reprimenda, si bien no será destituido. Y de Prodi y su coalición gubernamental de centro-izquierda, hay que decir que su reacción fue provocada por el brutal asesinato y violación de una italiana en Roma, a manos de un inmigrante rumano de etnia romaní (gitana).

En principio, la iniciativa de Prodi era tajante: daba luz verde a la expulsión de sujetos delictivos, aunque fueran ciudadanos de la Unión Europea. Mas como sería un procedimiento expedito, la policía podría manejar muy subjetivamente la supuesta «peligrosidad» de los individuos, y ponerlos de patitas en la frontera sin muchos miramientos. Así, inmigrantes honestos también podrían ser afectados. Por ello, la frase «expulsiones masivas», que nadie dijo, pero que muchos imaginaron, disparó la alarma.

Sin embargo, una visita de urgencia del primer ministro rumano, Calin Popescu Tariceanu, a Prodi, el 7 de noviembre, y la molestia que provocó el decreto entre los partidos de izquierda que integran el gabinete italiano, derivó en una suavización de la letra, a saber, que serán los jueces quienes tendrán la última palabra para decidir cada expulsión, y que no se echará del país automáticamente a aquellos que no tengan un empleo ni un techo.

Pero la derecha berlusconiana, jugando oportunistamente la carta del descontento público, ha exigido la deportación de unos 200 000 rumanos (en Italia hay más de 550 000), hayan cometido o no actos delictivos. ¡Pero vamos! ¿Qué dirían estos ultras si algún mentecato en EE.UU., acordándose de las fechorías de Al Capone, decidiera la expulsión de 200 000 inmigrantes italianos o sus descendientes? ¡Ni Rudolph Giulianni podría terminar su campaña por la candidatura republicana a la presidencia!

Esta ceguera política pasa por alto, evidentemente, el hecho de que los rumanos son ciudadanos de la UE, socios más pobres en un espacio que se autodefine como «una familia de países europeos democráticos que se han comprometido a trabajar juntos en aras de la paz y la prosperidad». Sin embargo, ¿qué pasa con la «familia», con los que «trabajan juntos», que ahora Berlusconi y sus retrógrados seguidores quieren reeditar las deportaciones masivas que tanto enlutaron a Europa en épocas pasadas?

¿Delincuentes? Los hay en todas las naciones y de todas las lenguas, pero no hay nación completa de bandidos, ni se puede criminalizar a un pueblo entero por los desmanes de algunos de sus integrantes. ¿Se declararía personas non gratas a miles de napolitanos porque allí campea la Camorra; o a los sicilianos, porque tanta miseria acumulada hizo de su isla el nido de la Mafia?

El decreto de Prodi, mientras se calman los ánimos, será examinado por el Parlamento; Rumania, definitivamente, no comprará un trozo de desierto egipcio, Berlusconi seguirá entretenido jugando al Padrino, y los rumanos y los gitanos en general, esperan que Europa les traduzca la palabra «solidaridad», y que no bote el sofá por la ventana.

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