Petición y latido

Autor:

José Aurelio Paz
«Ella se llamaba Aurícula, que viene de aire, de áureo. Y él, Ventrículo, que alude al vientre, a la entraña. Ambos se habían mudado a un edificio que recién se acababa de construir y aún estaba sin pintar. Ella se instaló arriba para vivir más cerca del cielo y poder ver salir la luna y escribir poemas sobre las desnudas paredes. Él se mudó abajo, desde donde labraría la tierra y tendría su propio jardín lleno de Nomeolvides; el ambiente ideal para tocar su guitarra.

«Ella estaba desganada de metáforas, que es decir desangrada en el lenguaje de los humanos, porque estaba sola. Él, aburrido porque sentía, también, el peso de la soledad sobre los arpegios de sus manos. Pero una mañana, Aurícula sintió que alguien tarareaba una vieja canción y se asomó a la ventanita de su apartamento. Allá abajo estaba Ventrículo, un tipo fuerte y rudo que sembraba, esperanzado, su huerta.

«Ella suspiró tan fuerte, y tan alto, que las dos gardenias de la canción sintieron un raro estremecimiento. Él, por primera vez, miró al cielo y vio, sobre su cabeza, toda la belleza del mundo concentrada. Hubo, entonces, una cadena de pequeños temblores telúricos que terminaron por establecer un cadencioso ritmo, ora en sístole, ora en diástole, que era una especie de brisa y de terral, de boca y beso. Y, de pronto, él comenzó a componer con frenesí frases musicales nunca antes imaginadas, mientras ella corrió a llenar las paredes de versos vírgenes.

«Una rara melodía lo embriagó todo. Dejaba un olor a mariposas que invadía hasta los desvanes y sótanos del edificio, mientras las gardenias comenzaban a crecer, desmesuradamente, y corrían a abrazarse con los versos que ya pintaban las paredes de la casita de arriba. Hubo, así, una explosión de júbilo. Ambos también se abrazaron, como las flores y los versos, para ser un solo corazón y la sangre corrió, cual río subterráneo, llevando en sí canciones y metáforas a todos los confines de la vida».

Esto me lo ha hecho escribir Maritza, una lectora que me reta enviando un mensaje a mi buzón personal. Pregunta por qué ya no dejo mi breve latido de palabras en estas páginas sin saber que, a veces, la ausencia y la lejanía de la cotidianidad hacen que uno pierda ese ritmo cardiaco de comunicación con la realidad de los que ama.

«Maritza», así te me has revelado; sin apellidos, como quien escribe sobre el tronco de un árbol «Mary y Pedro se amaron bajo esta sombra». Frase que siempre despierta, en más de uno que tenga una novia que así se llame, terribles celos y el incontenible morbo en aquellos que, luego de leerla, quieran descubrir si se trata de la amiga que conocen y de su vecino o de la estudiante universitaria con el bodeguero (porque el amor no cree en colores, geografías ni oficios), sin darnos cuenta de que ese, precisamente, puede ser un rasgo de universalidad simple donde los afectos destierran todo tipo de identificación malsana o de carné de identidad.

Querías que definiera yo, desde mi rústico pupitre de la experiencia, ese primer momento en que dos personas se encuentran con solo una mirada y el corazón tiembla. He escrito especialmente para ti esta metáfora, que por lo que infiero debes andar desbrozando los asombros de los 15 años, que espero te ilustre en algo lo que quieres saber. Para mí, en todo hecho resulta primordial la limpieza y la afinación de ese latido primigenio, porque él definirá, en gran medida, la calidad de los corazones que luego le sustenten.

Y eso no es solo privativo del amor, sino de toda la existencia humana. En ese impulso inicial que le imprimimos a cualquier acto, están las bridas que nos permitan conducir, por buen camino, el resto de este trayecto que es la vida. ¿No es acaso el buen afán una garantía de lo duradero? ¿No nos marca para siempre el primer día de escuela y la maestra, el primer beso, la primera jornada de trabajo y el jefe que nos toque como paradigmas de actitudes a seguir?

La vida, Maritza, no es solo palpitar por palpitar. Es saber convertir en sangre pura cada sonido hueco para que se convierta en música; en esa esencia de una felicidad que no existe por sí sola, sino que se construye con honestidad y empeño, pero, sobre todo, con mucho amor. De manera que no temas a ese primer latido, ora en sístole, ora en diástole, sino vívelo intensamente y súmalo siempre a uno nuevo y mejorado, porque, te lo digo yo, es la única fórmula, mágica por laboriosa, que permite la total plenitud humana.

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