Maestros - Opinión

Maestros

Autor:

Juventud Rebelde
«¡Tiene el mundo quien tiene el poder

de poner sobre los niños las primeras manos!».

José Martí

Cuba es una nación soñada por maestros: maestros en el pensamiento y en los actos. Del torrente de ideas venidas de todas partes, se fraguaron en nuestros primeros patriotas aquellos sentimientos que, expresados con la pluma en el papel y con el sacrificio en las prisiones, en los destierros, en los cadalsos, provocaron las iras y las reflexiones que dieron luego a los más impetuosos, ejércitos para las grandes batallas por la independencia y la libertad. Y de todo eso, sublime y terrible, devino la idea superior de organización social que llamamos Patria Cubana.

Maestros de escuela fueron los Padres Fundadores: José Agustín Caballero, padre de nuestra Filosofía; Félix Varela, el primero que nos enseñó a pensar; José de la Luz y Caballero, el maestro de la juventud cubana, Rafael María de Mendive, aquel que al hablar de los que cayeron en el cadalso cubano se alzaba airado del sillón y le temblaba la barba, y maestro fue José Martí. Cinco generaciones de maestros pensadores confluyeron en esa síntesis suprema de nuestra Pedagogía que es el Apóstol. Ellos sentaron las bases de lo que en Cuba se entiende por educación, que es la instrucción del pensamiento y la dirección de los sentimientos. Su método fue, más que otro alguno, el del maestro convertido en espejo donde debía reflejarse el discípulo: como el evangelio vivo del que hablara Luz y Caballero.

A lo largo de dos siglos esa tradición ha sido salvada por un ejército de hombres y mujeres que a la hora de elegir sus destinos, eligieron dedicarse a perpetuar en la mente y en los corazones de las sucesivas generaciones de cubanos, el amor y el trabajo en beneficio de la patria. A ellos, pues, debemos lo que somos. Sin su fe en el futuro de Cuba no hubiera sido posible vencer el período funesto que sobrevino luego de la intervención norteamericana. Entre las primeras acciones de los ocupantes para arrancarnos los retoños de identidad que entre estertores de dolor y sangre venían a la vida, estuvo el de reinventarnos la historia, sustituyendo 30 años de guerra y casi un siglo de esfuerzos y penurias, por una caricatura burlesca donde se nos enseñaba a agradecer al vecino del norte la independencia añorada. Acto seguido, trasladaron a los maestros cubanos hasta la nueva metrópoli, para que aprendieran lo que tenían que enseñarnos: el papelazo de segundones de un nuevo amo disimulado.

No obstante la astucia de las vías y la brutalidad de las presiones, hubo siempre maestros que buscaron en la tradición oral de los participantes directos en la contienda, de sus descendientes, y en la experiencia propia, las verdades de la historia. Así pudo mantenerse vivo el nervio nacional, en el alma viril de maestros verdaderos que cuando vieron negada la república moral anunciada por Martí, en la parodia de república que nos simularon, lo dijeron sin miedo. Enrique José Varona fue el blasón de la dignidad de una generación nueva que había aprendido en las aulas a respirar el espíritu cubano. Junto a él se agruparon los jóvenes de la generación de los años 20 que haría huir al tirano: Mella, Villena y tantos otros.

Frente a la corrupción, los vicios y las tiranías, han estado siempre los maestros cubanos. Maestro era Frank País, con sus 22 años y su carga de amor a esa novia infinita que le robaba el alma: Cuba. Maestra es, todavía, entre el veguerío de San Juan y Martínez, Ester Montes de Oca, madre de los Hermanos Saíz, quienes con 17 y 18 años escribieron páginas visionarias sobre el futuro de Cuba.

Maestros fueron Conrado Benítez y Manuel Ascunce, símbolos de los miles que hicieron realidad el sueño martiano de regar por los campos un semillero de ciencia y de ternura. Maestros fueron Águedo Morales y los cien mil que se ofrecieron voluntarios para ocupar su lugar al ser asesinado por la contra nicaragüense. Maestros los que, cumpliendo con Bolívar, contribuyen a darle hoy a la América moral y luces. Y los que en otras partes desplazan la ignorancia con la luz del saber.

Nuestros maestros también protagonizaron la heroicidad colectiva del pueblo en los años más duros del período especial, cuando no se cerró un aula, y en los que afloraron en la realidad del cubano diferencias indeseables y tentaciones de todo tipo. Esa es la herencia gloriosa que reciben hoy los jóvenes que participan en los programas de Maestros Emergentes y Profesores Generales Integrales: la enseñanza de cómo hacer a un pueblo digno.

Maestro es Fidel, el mejor discípulo que ha tenido la breve, pero fecunda historia de esta pequeña Isla. De los doscientos años de forja de nuestra nacionalidad, él ha sido durante medio siglo, el evangelio vivo, el espejo en el que se han mirado las generaciones que comparten su época. Nadie ha hecho más en tan escaso tiempo histórico por sintetizar la idea y el sentimiento de la nación cubana. Es el hijo de 150 años de lucha, y el padre de los últimos 50.

Para toda Cuba sobreviene una fecha sagrada: la de honrar a sus maestros, porque ellos, frutos a la vez de otros forjadores, tienen en sus manos a los hombres y mujeres de la patria futura. Tenía razón el sabio al sentenciar: «Tengamos los maestros, y Cuba será nuestra». Será siempre nuestra, puesto que ellos existen.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.