El dolor de la lucidez

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

Por estos días La Habana volvió a ser una pantalla gigante. Los espacios se tornaron salas de exhibición y la amistad se tradujo en pasaportes para entrar a las historias. La Habana, y otros sitios de la memoria donde llegó el Festival de Cine, supieron nuevamente de los nerviosismos creativos y el poder de la imagen, los planos de la realidad y el sonido de las aventuras. Explorando los rostros que vinieron, el recuerdo se pobló de otros, queridos siempre, que alguna vez nos visitaron.

A mi mente retornaron el argentino Federico Luppi y aquella cinta de su compatriota Adolfo Aristaraín titulada Lugares comunes. Allí, el profesor que Luppi encarnaba dejó en la última clase un puñado de palabras para todos nosotros, sus alumnos de la cinta y de la vida:

«...Tengan siempre presente que enseñar quiere decir mostrar. Mostrar no es adoctrinar, es dar información pero dando también, enseñando también, el método para entender, analizar, y cuestionar esa información. (...) Hay una misión que quiero que cumplan... Despierten en sus alumnos el dolor de la lucidez».

¿Puede acaso doler la lucidez? ¿Puede incomodar la claridad? Siempre he pensado que ese podría ser un buen tema para las clases de Cine, pero más aún para las de Periodismo.

Ser conscientes de los problemas, hallar el hueco diario donde algunos ponen parches de maquillaje, preguntar, saber, develar... ¿acaso no son angustias? Pero, ¿a quién le duelen o deben doler? ¿A los que dirigen? ¿A los dirigidos? ¿A los que se tapan de la crítica o a los que critican para taparse?

Esta Habana que recibió el Festival, este país capital de las proyecciones, tiene en cada calle, en cada mesa de dominó o en cada Asamblea de la Juventud un motivo para no estar tranquilo. Se debate. Se piensa. Se interroga. Algunos ponen el hombro a los cansancios y otros salen gastados ya de tanta fatiga.

Todo resulta de elecciones. Desde ir a ver una u otra película hasta saber quién nos representará en el Parlamento. Decidir es siempre confiar. Pero confiar ha de ser, también, controlar, cuestionar, mover.

Construir un largometraje o impulsar un país son obras de filigrana. Un sonido discordante, un ciudadano que no se siente tal; la falta de iluminación de una escena, la escasa información sobre un conflicto, pueden echarlo todo por la borda.

En la bicicleta, la guagua, la vivienda, la bolsa negra cotidiana, a veces se nos diluyen las fuerzas para idear. Y hay que hacerlo. Y hay que implicarse, aunque eso signifique, en muchas ocasiones, complicarse.

Federico Luppi convocaba a despertar el dolor de la lucidez. Y Alfredo Guevara, al despedir este Festival, advertía del peligro cuando la inteligencia «se adormila». Cuba pende hoy de esa inteligencia, de esa lucidez. Puede apagarse la linterna mágica o, felizmente, seguirse haciendo de la Isla un Festival.

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