La «Universidad»

Autor:

Juventud Rebelde
La primera vez que entré en la Universidad, era un niño que iba de la mano de su tío: un estudiante universitario orgulloso de que su novia protagonizara el estreno de Prometeo encadenado, frente a las columnas de lo que después conocí como Facultad de Ciencias. Debe haber sido a finales del 51 o principios del 52, y yo estaba muy lejos de comprender a Esquilo. Pero mi tío Raúl suponía que eso era parte de la formación que uno debía tener. Claro que no entendí.

La segunda vez, fui acompañando a mi abuela a un acto, pequeño y hermoso, que la FEU había convocado para el Salón de los Mártires. Ya entonces era un adolescente, y lo entendía casi todo. Sabía también por qué mi abuela no lloraba frente al retrato de Raúl.

No pude terminar el bachillerato en el curso regular diurno. Había inminentes urgencias económicas. Tuve que escoger: o bachillerato ciencias o bachillerato letras. Obviamente, escogí el último. Mientras mi madre me imaginaba ya, como quien dice, abogado, yo andaba perdido en un mundo de extrañas aventuras poéticas, donde Rimbaud y Mallarmé disputaban el puesto a Huidobro y Vallejo, cuando no a Retamar y Fayad Jamís, en los momentos libres que me dejaban mis mútiples oficios de entonces: office boy, auxiliar de la oficina del parqueo, mensajero, y algo así como administrador emergente de una cafetería ubicada en el centro de la Refinería Ñico López.

Pero nada de eso estudié en mi tercera entrada en la Universidad. El país necesitaba técnicos. De modo que los compañeros de la AJR (Asociación de Jóvenes Rebeldes), me convencieron de que lo mío era la Economía. Y allí estaba, estudiando Planificación, cuando me preguntaron si me interesaba ser profesor de Filosofía. Era lo que menos podía esperar. Tenía discusiones a diario con mi profesor de Filosofía. De él aprendí no solo la materia que impartía, sino esa lección de humildad, de respeto por la opinión ajena, y de confianza en la juventud.

La Universidad me dio entonces espacios y caminos. Más de una alegría. Más de un dolor. Todo de golpe. Daba clases en Economía (de la cual no había dejado de ser estudiante), en Bioquímica y en Ciencias Jurídicas (que así se llamaba entonces la carrera de Derecho), en Letras (donde estudiaba el hijo de un Viceministro de Educación, al que le decían Abel Enrique para distinguirlo del viejo), en Periodismo, alguna vez en Psicología... Entonces vino el Grupo de Estética, y la colaboración con el ICRT, y la redacción de las Guías Metodológicas para los estudios por encuentros, y Fidel que llegaba a dialogar a cualquier hora y sobre cualquier tema, y los libros que se llamaron simplemente Lecturas de Filosofía, y el Rector que nunca se llamó con su nombre y su apellido, porque los académicos, los profesores, los alumnos y los bedeles le decían Chomy, y con él, aquello de la vinculación del trabajo y el estudio, y Pensamiento Crítico...

Después, Extensión Universitaria y su brazo más visible: la Televisión Universitaria, tan necesaria como irreverente, donde por primera vez se vio en pantalla al Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, y a tantas otras figuras de lo que después sería el Movimiento de la Nueva Trova, y donde nació, no sin tropiezos ni sobresaltos, pero con el amor de muchos, el grupo Moncada.

Lo demás debe ser más conocido: la carátula del primer disco, con todos encaramados en la tanqueta que vive orgullosa en la que ya era la Plaza Ignacio Agramonte; el primer afiche, con todos alrededor de uno de los muchos letreros que pintaban los estudiantes alrededor de la Colina, acusando, con razón, a Batista de asesino; los premios en aquellos primeros Festivales de Aficionados; otras incomprensiones y otros (muchos más) estímulos; Haydée, toda ternura, toda sabiduría, en el Anfiteatro Sanguily; Moncada en Casa, allí en la Casa Estudiantil, a la que todos seguimos llamando la Casa de la FEU... y luego la Escalinata, y la magia irrepetible que Gianni Miná inmortalizó en su primera entrevista con Fidel.

Confieso que los años me aterran. Pero ni aun la mirada inevitable al espejo, que se empeña en mostrarme unas canas que me desconciertan, ni algunos alejamientos transitorios e indeseados, han logrado conjurar el íntimo sobrecogimiento que me producen cada una de sus piedras, sus anchos escalones y sus brazos abiertos. Confieso también que me invade una sana envidia cuando comienza un curso escolar, o hay algo que celebrar, o algo que combatir, y la escalinata se llena de jóvenes que continúan el rito, y son otros los jóvenes que cantan, y otras las canciones, y otros los lenguajes. En esos casos, la razón suele ser la mejor aspirina.

He hablado de la Universidad, y solo he dicho Universidad. Debí decir desde el principio Universidad de La Habana, pero me cuesta trabajo. Siempre he dicho «la Universidad», y creo que muchos no sabemos llamarla de otra manera. La vida se ha multiplicado y repartido su nombre en los municipios de la ciudad, y otras universidades han repartido el suyo en otros tantos municipios. Nadie soñó tanto talento en marcha.

Guillén, en un poema apresurado sobre un emblemático local de la bohemia habanera, brindaba «... porque lo que hoy es la bodegota, nunca deje de ser la Bodeguita». Aunque parafrasear no sea del mejor gusto, quiero brindar hoy, si me fuera dable (o pedir, o rogar), que lo que es hoy esa enorme universidad de todos, nunca deje de ser «la Universidad»... para que siga habiendo jóvenes estudiantes orgullosos de otras novias y otras puestas en escena, que bajen con su luz más que con la de las antorchas para deshacer entuertos, y proponer caminos.

Que así sea.

(Fragmentos. Palabras pronunciadas en el concierto dedicado al Aniversario 280 de la Universidad de La Habana)

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