Avalancha de fin de año - Opinión

Avalancha de fin de año

Autor:

Juventud Rebelde
El nuevo año huele a comprar, pudiera rezar la parodia de una canción. Pero también —diría yo— tiene cierto sabor a «bisne», a pregón descontrolado y a especulación crecida.

La afirmación nace de una realidad innegable: en estas fechas del calendario los revendedores, «merolicos» y especuladores se multiplican a tal punto que parecen ganarle, en anuncios y mercaderías, a determinadas entidades encargadas precisamente de comerciar productos.

Retoñan tanto a las puertas de establecimientos grandes o pequeños que a veces da la impresión de que se tragarán, a pregones altisonantes, a los clientes, ansiosos de encontrar algo —aunque sea engañoso— para inaugurar enero.

Luchan subrepticiamente, como gladiadores del circo romano, cada metro de la calle; emulan al divulgar, a garganta herida, sus mercancías; «pugilatean» hora tras hora por ganar consumidores. Aunque, al final, llegan a complotarse ante la cercanía del agente y a elaborar, por consiguiente, señales de aviso colectivas como aquellas de «¡Agua!» o «Allá vienen».

Y tienen en sus arcas: medias, pitusas, zapatillas, juguetes, comestibles, «chavitos» y menudo (por supuesto) y algunos artículos que en ocasiones, paradójicamente, no se encuentran en las vitrinas contiguas del comercio estatal.

¿Cómo se surten estos bazares ambulantes? ¿Únicamente de las sospechosas rebajas, casi siempre invisibles para los «ciudadanos normales»? ¿Será que ni aun los expendios de «moneda dura» han logrado una oferta anchurosa que mengüe el trapicheo y la especulación?

Las respuestas a estas interrogantes pudieran copar esta página y conducirnos a destapar ineficiencias o agujeros del mercado institucional. Aunque más allá de formular réplicas, lo sustancial radica en analizar desde todos los prismas posibles el asunto, que en los últimos años ha brincado por lo menos en dos oportunidades a las páginas de opinión de este diario.

La última vez, en diciembre de 2005, un comentario de JR advertía cuán difícil era atacar el problema. «Ya porque los especuladores se han tomado demasiado en serio su “trabajo” como para abandonarlo, ya por las complicidades de la sociedad, ya por las innegables necesidades materiales, bastones de su existencia», decía aquel trabajo periodístico.

Pero también ese texto hacía una recomendación que, aparentemente, cayó al vacío: por encima de las posibles medidas coercitivas contra esa avalancha de comerciantes informales, había que anteponer el papel de las numerosas instituciones de este país, algunas de las cuales se habían desentendido o no habían entendido el fenómeno.

En principio los revendedores no eran tantos ni estaban diseminados por las cuatro esquinas. Ahora —y podemos establecer la comparación con el fin de año anterior— han crecido en composición, en lugares de venta, en sexo —hay tantas mujeres ya «trabajando» en estos trajines—, en edades y hasta en ocupaciones.

¿Dónde están entonces los planes profilácticos de todo el engranaje institucional que hemos creado? ¿Qué habrá pasado con la llevada y traída persuasión? ¿Cuántas veces se ha dialogado cara a cara con estas personas o con las más cercanas de su núcleo familiar?

Es en estas circunstancias en las que aquellos preceptos del «trabajo hombre a hombre» y la «prevención social» cobran validez o se diluyen eternamente, como el hielo expuesto a altas temperaturas.

Es probable que las oleadas de especuladores callejeros no mueran los fines de año ni en otra época del almanaque; pero al menos hace falta el intento de armar un barco institucional que, sin lastimar, vaya contra esos remolinos, los reduzca al mínimo... y no naufrague, como otras expediciones, en la primera tempestad.

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