Gran Bretaña: Más diplomáticos, más...

Autor:

Luis Luque Álvarez
La noticia la dio la BBC el 6 de enero: el ministro de Relaciones Exteriores del Reino Unido, David Miliband, anunció que aumentaría en un 30 por ciento el número de diplomáticos británicos en Asia y Medio Oriente, con el objetivo de combatir el extremismo en esas áreas.

¿Cómo será la cosa en el terreno? Además de hacer las veces de pitonisa en cuanto a adivinar de dónde saldrán estos funcionarios «extra» (se especula que habrá recortes de personal en algunas capitales europeas), la cadena de noticias se aventura a explicar que aquellos se dedicarán a establecer contacto en las calles con la gente común, para poder reunir información sobre presuntos terroristas.

Según señaló Miliband en un artículo en el Sunday Times, tal decisión se insertaría en una estrategia de política exterior de Londres, dirigida, entre otros objetivos, a combatir el terror y la proliferación nuclear, a prevenir conflictos y a frenar el cambio climático.

¡Pues no está nada mal esa inyección de personal con tan loables propósitos! Se pudiera elucubrar incluso que esa nueva andanada de diplomáticos estaría deseosa de visitar la central nuclear israelí de Dimona, sitio en el que jamás un experto de la Agencia Internacional de Energía Atómica ha puesto siquiera el dedo gordo del pie derecho.

Lo digo porque, ya que se habla de esfuerzos contra la proliferación nuclear, una publicación británica sacó a la luz, en 1986, suficientes evidencias de que allí se cocinan tales bombas. Como en la zona van a aumentar la plantilla, ¿podrán acaso darse una vueltecita por Dimona, y asegurarse de que el Medio Oriente continúa «libre de armas atómicas»?

De igual modo, como se pretende combatir el terrorismo en esa convulsa región del globo, presumo que la nueva tropa del Foreign Office debería tener la oportunidad de acudir... ¡a Washington! Descontando el hecho de que en una ciudad floridana los terroristas pintan óleos y juegan dominó, es de más al norte, de la Casa Blanca, de donde salen las gruesas raíces de inestabilidad y descontento en el mundo islámico.

«Que si vamos a derrocar a Saddam; que si antes lo armamos hasta los dientes contra Irán y los kurdos; que si entrenamos a los talibanes contra los rusos; que si hoy los rusos son buenos y los talibanes malos, incluido nuestro antiguo amigo Osama; que si amenazamos a Siria, que si le mostramos el colmillo a Irán...». ¿Se puede imaginar mayor paranoia desequilibrante, mayor daño que ese?

Tomemos nota además de una crucial prioridad del Reino Unido: la lucha contra el cambio climático. El 19 de noviembre de 2007, en un discurso sobre la estrategia medioambiental de su gobierno, el primer ministro Gordon Brown reconoció la insostenibilidad de los actuales niveles de consumo energético, el descomunal costo económico que significaría el cambio climático (lo comparó con los efectos combinados de una gran depresión, unida a una guerra mundial), y la necesidad de actuar cuanto antes.

Evidentemente, los talibanes y Al Qaeda pueden causarle alguna pesadilla a Brown, sin embargo, de lo que no hay duda es de que, si allá en Washington se siguen haciendo los chivos locos, alimentando los bolsillos de las grandes petroleras, lo más probable es que un día la residencia londinense del Primer Ministro amanezca bajo el agua.

Así, valdría la pena tal vez asignarle más diplomáticos también a su embajada ante el gobierno más buscapleitos y contaminante que se haya visto. Los ciudadanos británicos, y los del resto de este planeta, lo agradecerían.

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