La pasión martiana de Fidel - Opinión

La pasión martiana de Fidel

Autor:

Juventud Rebelde

«Lo que soy y lo que siento se lo debo más que a nadie a Martí. Por él me hice revolucionario y su enorme influencia en mí durará hasta el último aliento de mi vida».                                                                          Fidel

Las lecturas martianas de Fidel fueron, como las lecturas «Herédicas» de Martí, revelaciones permanentes de lo esencial cubano, en germen, en el caso del Apóstol, pero ya con suficientes fuertes trazos como para destacar de entre el miasma asfixiante del coloniaje, los rasgos puros del alma nacional en ciernes.

En el caso de Fidel, esa esencialidad de lo cubano había sido bebida, además de en los libros, en la fuente cristalina de la vida rural de una Cuba neocolonial, donde, como en el Macondo de García Márquez, la United Fruit Company gobernaba más que el gobierno.

De aquellas lecturas forjadoras, contrastadas con la realidad, ¿qué podía nacer, sino una pasión quemante e insoportable por esta Isla Infinita en que ha nacido, y donde pareciera que han venido a refugiarse en las horas oscuras, las utopías más nobles de los hombres?

Y entonces fueron las rebeldías tempranas contra toda forma de injusticia, las luchas universitarias, las luchas por reivindicaciones inaplazables, por frenar la penetración imperialista que caía, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América; y fue el abogado joven echando su suerte «con los pobres de la tierra»; y luego rindiéndole el mayor homenaje al Apóstol en el año de su Centenario: el asalto al cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953, haber declarado la autoría intelectual de Martí sobre aquella acción, y La Historia me Absolverá, que fue la oportunidad de este para denunciar con sus propias palabras, en labios de Fidel, las tristezas que padecía la Patria. «Cuba, ¿qué habría sido de ti si hubieras dejado morir a tu Apóstol?», fue la pregunta de Fidel a la Historia, no al tribunal de urgencia que lo juzgaba.

Luego vinieron la prisión y las horas eternas de nuevas y más hondas lecturas martianas, a la luz de una humildísima lámpara de aceite y algodón bajo el mosquitero, en el Presidio Modelo de Isla de Pinos. Y allí los subrayados y las anotaciones entusiastas a pie de página sobre la identidad de conclusiones a las que había llegado por su propio camino.

Le sucedió el exilio en el México solidario de siempre; el mismo que recibió a Heredia, con sus playas de palmas, y preparó a Martí un hogar amable desde cuyo balcón se asomó al mundo americano, al indio silencioso y al peligro del vecino del «norte revuelto y brutal que nos desprecia».

La nueva travesía, esta vez en el Granma, y Las Coloradas, como antes habían sido el Nordstrand y La Playita de Cajobabo; desembarco azaroso y marcha sierra adentro con fusil y mochila. Pero no hubo esta vez 19 de Mayo ni caída en Dos Ríos, sino Primero de Enero y el nacimiento de una Revolución martiana desde la raíz, porque nadie dudará jamás que la más pura, la más honda, la más sana raíz de la Revolución es este Fidel martiano que hoy concede el honor de pelear a su lado. Por eso los enemigos de Fidel, los que odian y deshacen, y «los póstumos enclenques del dandismo literario del segundo imperio», no tienen otra salida que atacar también a José Martí, porque tanto Martí como Fidel simbolizan, desde su humildad y voluntad apostólicas, lo más puro de la nación cubana.

Una nueva era ilumina hoy la América de Bolívar y Martí, de Juárez y Túpac Catari, de Chávez, de Evo y Fidel, donde al cabo de tanta oscuridad amanece un ALBA, aurora de los pueblos, de los pobres del mundo, porque es una verdad «la identidad universal del hombre», y para Fidel, como para Martí, «Patria es Humanidad».

Y esa «fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud» de los hombres, es la pasión martiana de Fidel, la mejor herencia que pudiera legarnos a los jóvenes que viviremos bien entrado el siglo XXI, porque mientras esa pasión vibre en un corazón cubano, habrá patria y habrá Revolución.

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