El césped del vecino - Opinión

El césped del vecino

Autor:

Juventud Rebelde

Dicen que el césped del vecino siempre luce más verde.

El refrán dio en el blanco —de una manera extrema— en Lauderdale Lakes, donde una vieja riña entre dos vecinos por la altura del pasto y la línea limítrofe entre sus patios, terminó en uno de los asesinatos recientes más insólitos del sur de la Florida, donde la vida humana ha llegado a valer menos que un jardín.

La tragedia acaparó las noticias por pocas horas solamente. Los homicidios se han tornado tan asiduos en nuestra comunidad y en el resto de Estados Unidos, que la memoria colectiva se acostumbró a enterrarlos, con indiferencia, al apagar el televisor.

Pero si observamos con detenimiento, la muerte de Jerome Jackson deja entrever la ira reprimida y descomunal agresividad de Lee Macon, que no son ajenas al estilo de vida convulsivo en este país, donde más de 100 000 personas han sido asesinadas desde el trágico 9/11, 25 veces más que la cifra de estadounidenses caídos en la guerra en Iraq.

Esa ira, acumulada por el afán de hacer en vez de ser y sus consecuencias sociales, ha encontrado a la vuelta de cada esquina un arma de fuego, detonando una epidemia de violencia irracional que engloba desde la balacera fatal en la Universidad de Northern Illinois, hasta el brutal atentado contra una madre y su hija de ocho años en el Town Center mall de Boca Ratón, mientras hacían sus compras navideñas.

Ni siquera en compañía de sus padres los niños están hoy a salvo.

Algunos de los rostros del sur de la Florida teñidos de rojo recientemente: Sean Taylor, la estrella de la NFL, dentro de su hogar en Palmetto Bay; Young Soo Do, un maestro de tae kwon do, viendo lavar su automóvil afuera de su estudio de artes marciales en North Miami; Richard Entriken, un veterano de Vietnam, al salir del centro residencial para adictos en recuperación que fundó en Pompano Beach; James Walker, un detective de la Policía de Miami, sentado en un auto patrullero sin insignias en un callejón de North Miami Beach...

Coexistimos bajo la égida de un sistema que fuerza a los padres a tener dos empleos y, por ende, a compartir muy poco con sus hijos; que no cubre los enormes gastos médicos de la mayoría de sus ciudadanos; que despilfarra el dinero en una guerra absurda en vez de invertirlo entre quienes aquí realmente lo necesitan para vivir en condiciones más favorables.

Respiramos el aire de una cultura saturada de violencia, donde las películas y los videojuegos glorifican los exterminios y las torturas, minimizando el valor de la vida, y las líricas de muchas canciones populares parecen odas a la barbarie. Elegimos a un gobierno que por complacer los caprichos de la poderosa Asociación Nacional del Rifle da su bendición para que cientos de miles de criminales —que salen de las cárceles sin empleos ni servicios de apoyo para ex convictos— y lunáticos puedan adquirir fusiles de uso militar, mientras que a los viajeros nos confiscan el champú y las botellas de agua en los aeropuertos, y nos obligan a caminar descalzos.

«Somos personas locas e impacientes que hemos perdido la capacidad de hacer actos de bondad... de sentirnos responsables unos por otros», me expresó Diane Landsberg, la directora ejecutiva de Non-Violence Project, una agencia en Miami que educa a los jóvenes sobre la violencia.

Si bien somos impotentes ante la violencia que nos asedia, no debemos distanciarnos de esta lúgubre realidad, porque mañana podemos ser Jerome Jackson. Lo único que sí debemos hacer es controlar nuestro comportamiento, mirarnos introspectivamente para estar conscientes de que también de este lado, el césped luce verde.

(Tomado de Rebelión)

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