Hombre y... periodista

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Con las nobles resacas de las celebraciones por el Día del Periodista, hoy me permito hilvanar ciertas percepciones y sentimientos acerca del gremio; «porque mi gente es mía», como redundara —¡oh!— cierta canción a La Habana.

A más de húmedos homenajes, y del verbo laudatorio para el 14 de marzo de diversas instituciones —que no siempre se conjuga en la diaria comprensión—, las alegres noticias por estos días fueron dos, en el periódico Granma: el aumento a 16 del paginado de los viernes, y el retorno de la correspondencia y el latido de los lectores en la misma.

La primera hace justicia, y que la gocen los colegas de Granma como nosotros, sus lectores; porque tanto apagón y enflaquecimiento del diarismo a partir del estrepitoso parteaguas de 1990, ha sido uno de los más tristes rostros del período especial, en contraste con torrentes de tinta e Himalayas de papel que en este mundo se dilapidan en tanta palabra narcótica y vacía.

Atrás sobrevendrá Trabajadores, abandonando la condición semanaria; y ya le llegará su hora a nuestros importantes periódicos provinciales, impedidos del diarismo todos estos años.

Como cualquier terapéutica de sanación, la reanimación de nuestros periódicos tiene sutiles riesgos, localizados en la visión de los lectores y la sociedad toda, quienes, por suerte, son más complejos y agudos que años atrás. Con un poco más de holgura, la prensa podrá cada vez menos justificar sus omisiones y elusiones. Y nuestros destinatarios nos reclamarán más el espacio para las urgencias informativas y actualidades, para la verdad de la vida por encima de rutinas, obviedades y silencios, que nada tienen que ver con el periodismo. También con el aumento numérico se multiplicará más el error o la mediocre nota, así como la feliz crónica o el juicio filoso tendrán más repercusión.

De la segunda noticia de Granma, la aparición de Cartas al Director cada viernes, bienvenida como un espacio más de la democracia socialista, de la necesaria implicación de los ciudadanos en el debate y la conformación de las políticas editoriales. Dondequiera que esté, ese brillante columnista que fue Guillermo Cabrera Álvarez, soñará con que, de alguna manera, su descomunal Abrecartas será vindicado.

Y con el recuerdo de Guillermo, hoy quiero honrar al periodista cubano, tan humilde en vida y posesiones, tan de abajo, tan de esquina y vecindario, pagando el costo de la lealtad y la decencia humanas. Colegas como Abel Falcón, un inmenso deshacedor de entuertos que vive al día y con los bolsillos flacos, allá en Santa Clara, poniendo en alta tensión a rufianes y burócratas. O Alina Perera, que allá en Árbol Seco ha hecho de tripas corazón, reuniendo monedas para mantener a sus niñas y ahora alargar su techito, de manera que pueda escribir en paz y seguir conmoviéndose por encima de las tragedias y los comejenes.

Pienso en Antonio Gómez, El Loquillo de la Televisión, esa cámara pura pasión, que se la ha jugado más de una vez en las difíciles, y anda a pie por La Habana, descamisado y feliz, sin creerse cosas ni mirar por encima del hombro. O en ese estilo mayor que es el venerable Luis Sexto, ese señor juicioso que cada semana roza las esencias del país y las estremece, sin nada a cambio que no sea su dignidad, un buen libro con magra cena y su voz: leal, pero no eco.

Pienso en Bohemia, a punto de cumplir cien años y con tanto sondeo profundo y hermoso en nuestras realidades, con ese acucioso detective de la economía que es Ariel Terrero.

Respeto a tanto colega que vive la misma vida de su pueblo, enfrentando borrascas y contradicciones, aguaceros sentimentales y rachas de inconformidad; pero presente siempre allí, a la vuelta de la esquina tomándole el pulso a la vida, deslumbrándose de tanta vastedad y maldiciendo también la sombra, el pasadizo y la torcedura.

Por eso me alegra la alegría de los míos por estos días. Y me quito el sombrero ante la profunda naturalidad, sin poses, con que Eduardo Dimas disecciona las vísceras de la información internacional; o el estado de gracia con que radia —o irradia— Carlos Luis Molina, allá en Radio Güines. Me sobrecogen la alada solidez de una reportera como Gladis Rubio... Noticiero de Televisión, y la deliciosa escritura de un Rubén Rodríguez, ahora mismo en el periódico Ahora de Holguín.

Y me inclino, sin doblarme, ante quienes abrieron los caminos, como esa bella persona que es Ernesto Vera. Y siento a todos los que ya no están y permanecen. No puedo obviar tampoco a los generosos que han modelado los talentos comunicativos desde el aula y la academia, como esa profesora infinita que es Miriam Rodríguez Betancourt, una mujer que ha susurrado las esencias del periodismo a generaciones de colegas.

Son tantos en los que pienso... pero todos, casi sin nada y con mucho, caben en esta defensa siciliana, siempre que cumplan con el mandamiento supremo del inclonable Ryczard Kapuzcinsky, que exigía primero ser un gran ser humano para desembocar en un excelente periodista. Vivir en la carne y en la sangre del prójimo para luego redactar, filmar y grabar...

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