No voy a esperar el 22 de diciembre

Autor:

Juventud Rebelde
Creo que invariablemente los que logramos alcanzar un Juventud Rebelde, leemos lo que escribe y lo que le escriben a José Alejandro Rodríguez, unos por curiosidad, otros para justipreciar lo que allí aparece y algunos para encontrar respuestas a sus cartas. Yo por esas cosas raras de la vida no le escribí a José Alejandro y sin embargo recibí respuesta, a través de su artículo Hombre... y periodista, del domingo 16 de marzo de 2008. Hace tiempo que quería encontrar algunos calificativos que sirvieran para caracterizar a mis colegas maestros y que no fueran los de «abnegados cumplidores de su deber, abanderados de una noble profesión, que merecen el reconocimiento de la sociedad» y otros que muy bien les valen y que hemos escuchado en múltiples ocasiones; algo me faltaba y lo he encontrado en las frases y en los tonos con los que José Alejandro se refiere, con mucha justicia, a sus colegas periodistas.

No podré citar nombres y relacionarlos con virtudes, pues mis colegas maestros en su mayoría son desconocidos por el gran público, solo los que han sido sus alumnos y algunos padres los recuerdan; unos para bien otros para mal.

Tomando palabras del periodista es justo decir que los maestros, como lo fue Guillermo Cabrera, viven en humildad y con escasas posesiones, que son de abajo, que andan entre la gente y se confunden con los que más modestamente viven. Que para mantener a sus familias o para mejorar su vivienda, o tratar de obtener una, en aras de lograr un descanso reparador del trabajo del día, hacen malabares al igual que Alina Perera. Los conozco, y no son uno o dos, que siembran, crían cerdos y hacen otros tipos de trabajos alternativos para subsistir.

Sí, los maestros andan por todos los rincones del país, con humildad de tejidos y zapatos, a veces felices a veces apesadumbrados, pero de igual a igual con el pueblo, sin creerse cosas, como el mencionado Antonio Gómez.

Hay espíritu de superación en los maestros, y disfrutan un buen libro, se emocionan al hablar del Apóstol, hacen una Maestría y hasta un Doctorado, gustan de participar en reflexiones científicas, pero todo esto no los libra de una magra cena y que su voz, que reclama para dar más, a veces carezca de eco como la de Luis Sexto.

Debo excusarme con José Alejandro por parafrasearlo y a la vez agradecerle su agudeza periodística, que me ha permitido, estableciendo analogía con el sector de la prensa, referirme a los omnipresentes maestros, adelantándome a su día de celebración anual.

Añado que aunque creo que con mucha justicia vale, lo que se ha apuntado para periodistas y maestros, se hace menester reconocer que en nuestra sociedad actual, hay innumerables mujeres y hombres que no son maestros ni periodistas, y que humilde y, sobre todo, muy decentemente viven, sosteniendo sus familias, por las que trabajan y educan a sus hijos, desde su posición de padres y madres, para un futuro mejor; esos también están en estas consideraciones.

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