Polémicas culturales de los 60: Las razones poderosas de un best seller

Autor:

Rufo Caballero
Polémicas culturales... entre los libros más leídos. Posiblemente el libro más leído en Cuba en los últimos años sea Polémicas culturales de los 60, una comunión de textos seleccionados e introducidos por Graziella Pogolotti. En menos de dos años, el libro tiene ya dos ediciones (algo raro entre nosotros, fuera de los clásicos), y es muy probable que en este minuto se prepare la tercera, pues no cesa la avidez de la gente por el volumen. Más que la avidez, la voracidad. Ahora que, a propósito de su relanzamiento, se ha vuelto a presentar en la Feria del Libro, vale razonar la causa profunda de la indetenible popularidad del libro.

Polémicas culturales... se abre con una anécdota que empieza a explicarlo todo: «...El asunto estalló al difundirse un comentario (...), según el cual la canción Adiós felicidad no tenía cabida en el socialismo. Pocos tuvieron acceso al texto crítico, pero el comentario se divulgó de boca en boca. La autora de la canción, Ela O’Farrill, recorrió la ciudad hasta encontrar a Fidel Castro en una esquina del Vedado. Interrogado al respecto, el Jefe de la Revolución respondió divertido que los desengaños amorosos podían tener lugar en cualquier circunstancia» (Letras Cubanas, 2007, pp. XVI, XVII).

La anécdota habla sobre el alcance de la legitimidad, polémica que hace, todavía, buena parte del debate. Aunque el volumen incluye, en lo fundamental, cinco encendidas polémicas en la escena sociocultural de la Cuba de los años 60 —con varios dialogantes, la mayoría de las veces muchos más que dos—, el libro discute, todo el tiempo, una bifurcación: la Revolución como pretexto para el dogmatismo y la exclusión, o la Revolución como espacio de confluencias, de inclusiones, de apertura. La Revolución como quebradura, o la Revolución como lucidez y discernimiento, sin descontar las decenas de valores intermedios, matices, claroscuros. De ahí se explica la atronadora vigencia que disfruta ahora mismo entre los cubanos la antología de la Pogolotti, pues, como ha dicho Alfredo Guevara, mientras más fuerte y denso es el dogma que impide y retarda la vida, más placentera resulta la herejía intelectual que lo desautoriza. El intelectual, recordaba Guevara a la altura de 1963, está «condenado», por naturaleza, a la herejía.

No digo yo si con esas coordenadas va a constituir todo un best seller. La gente lo busca, lo analiza, lo discute, y ello me parece formidable en cualquier caso. Al lado, o al frente, de no pocas aseveraciones reduccionistas, francamente brutas, excluyentes y torpes, sobresale la agudeza visionaria de tres intelectuales: el propio Guevara, Tomás Gutiérrez Alea y Julio García Espinosa. El penetrante sentido crítico de Julio, lejos de la menor complacencia, se permitía comentar, en 1963, que «hace poco se hablaba en una reunión del papel del héroe positivo en las películas socialistas. Nosotros pensábamos en el daño que la mayoría de esas películas han hecho a los verdaderos héroes positivos. ¿Puede plantearse como una dominante en la expresión artística la exaltación del héroe positivo con el cual apenas puede identificarse el hombre común, el hombre lleno de contradicciones? ¿Ayuda más a la evolución de este hombre de todos los días la contemplación pasiva del héroe excepcional, ejemplo incluso que puede aplaudir pero como algo que le es ajeno?» (p. 12).

Ese mismo año, en otro texto, advierte Julio cómo «existe toda una corriente dogmática dentro del pensamiento marxista y la lucha ideológica debe establecerse no solo contra los decadentes sino también contra los dogmáticos. Es necesario acabar con el papel de víctima de los decadentes como con la actitud todopoderosa de los dogmáticos» (93). Evidentemente, durante todo este tiempo, la voz del ICAIC —seguida de cerca por Casa de las Américas y el Ballet Nacional de Cuba— representó la vanguardia, la actitud crítica más desenajenante. Tomás Gutiérrez Alea, desde luego, no se quedó atrás: «Los que sí hacen daño a la Revolución son los cazadores de brujas, los que se pasean con un detector de fantasmas y un recetario de conjuros contra demonios idealistas, los que en nombre de la Revolución, si llegan a ocupar posiciones oficiales y adquirir poder en alguna medida, son capaces de esterilizar toda fuerza creadora, porque ellos son estériles» (120).

En todo este horizonte llama poderosamente la atención el papel desempeñado por una figura como Alfredo Guevara. Si otros libros de estos tiempos demuestran cuán polémico devino Alfredo al interior mismo del ICAIC —me estoy refiriendo al también excelente Tomás Gutiérrez Alea: Volver sobre mis pasos, selección epistolar de Mirtha Ibarra, a partir de la papelería de Alea, publicada en 2007 por Fundación Autor—, el volumen de Graziella evidencia la indiscutible avanzada que supuso Alfredo en el contexto mayor de la política cultural de la Revolución, más allá de una institución. La palabra y la postura de Alfredo fueron el freno oportuno a los intentos dogmáticos y retrógrados de regular la confrontación cinematográfica —y artística en general—, so pretexto de adulteraciones temáticas o deformaciones que supuestamente aparecían en algunos títulos internacionales. Alfredo, Alea y García Espinosa impidieron que se nos tratara como aldeanos; por el contrario, el conocimiento del cubano se abrió al cine y la cultura artística universales sin aleccionamientos ni reprimendas.

En el mismo 1963 (año crucial, como antes 1961), fueron decisivas las palabras de Alfredo: «El arte no es propaganda, y ni en nombre de la Revolución resulta lícito el escamoteo de sus significaciones» (171). Ante tamaña clarividencia, se comprende la necesidad de conocer todas las facetas, todo el sistema cultural en su complejidad, pues, como ha dicho Guevara, una Revolución no es precisamente un paseo de riveras.

Polémicas culturales... es la ocasión, además, para advertir consecuencias e inconsecuencias. Entre las primeras, se destacan la cultura y la inteligencia de un crítico como Ambrosio Fornet, quien ya en 1964 la emprendía contra el mito de la originalidad: «Como ha dicho Eliot —y que nadie se alarme—, un poema absolutamente original sería un poema absolutamente malo. Totalmente originales solo son Dios y los malos poetas» (290). Al tiempo, la valiosa antología ofrece la oportunidad de comprobar, otra vez, cómo los extremistas cambian fácilmente de piel: algunos de los más dogmáticos de ayer fueron después exigentes liberales; esto sin desatender que, en otros casos, resultó legítimo que la gente cambiara o matizara sus juicios.

Me adentré en este libro bastante prevenido. Con los años, he llegado a pensar que este tipo de polémica es pábulo para que la reyerta personal sustituya la confrontación de ideas. Al menor disenso, el contrincante siente que es el momento de reconstruir la historia clínica del otro y atacarlo con golpes bajos. Con el tiempo, he llegado a considerar que mejor es trabajar y obviar todo aquello que los demás, con todo derecho, pueden y deben opinar. Pero debo confesar también que, desde las primeras páginas, la Pogolotti, con su rigurosa selección, me convenció de que al menos Polémicas culturales... se concibió lejos de la jauría, el canibalismo, el show o el divismo. En los textos se analizan y discuten esenciales ideas y actitudes ante el mundo, y las personas resultan, por lo mismo, absolutamente secundarias.

Es comprensible que un libro así arroje aún hoy no poca luz sobre Cuba, su cultura, su gente, sobre la política cultural de la Revolución, ese manojo de opiniones y circunstancias que rebasan los discursos oficiales, para incorporar las voces de quienes no solo escuchan después de las tribunas. Por esa pluralidad elocuente, razonada, fuera de la trifulca epidérmica (y sin que el tema quede agotado, pues incluso en los 60 hay otras discusiones atendibles, que merecerían retomarse), Polémicas culturales... se va convirtiendo en un clásico en la historia de la nación y la cultura cubanas de, cuando menos, medio siglo hacia atrás.

La Pogolotti recuerda, oportunamente, que «la historia no se repite, pero cualificados por coordenadas diferentes, algunos temas de ayer perduran como cuentas pendientes. Porque la historia no ha concluido» (XXIII). Sin embargo, el tono de su libro no prefiere el pase de cuentas, sino el alerta, con un frondoso coro de intelectuales y artistas empeñados en que no se renuncie un minuto a la certeza de que Revolución es lucidez y no mutilación.

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