Chapuzón y picnic

Autor:

Luis Luque Álvarez
—¡Mírame, mírame, Tonito (¡Plaf!).

—Ahora voy yo, Pellejisleidys. (¡Plaf!) Ja, ja, ja.

—No me tires agua, que se me mete por la nariz, tu niño...

—¡Vaya, vaya! (Chas, chas). Ahora cógeme... (¡Cataplum!).

Un diálogo de niños. Ríen y retozan en la playa, mientras sus padres los vigilan desde la orilla. La arena, a estas horas de la tarde... ¿Cómo? ¿Que no están en la playa? ¿Y dónde entonces?

Pues, ¡en la fuente de 23 y Malecón, allí, en la Cascada, en pleno Vedado capitalino! No pude evitarlo. Tuve que abrir al máximo mis incrédulos ojos, y mirar a mi esposa, quien también había exclamado un ¡gulp!, o como sea que se escriba la onomatopeya adecuada para expresar asombro.

El espectáculo era el de una docena de niños —y niñas, para complacer peticiones de género—, de entre cuatro y diez años, metidos todos en la susodicha fuente, lanzándose agua y nadando; pero no ataviados con shorts, sino con trusas, como en el mar «abierto y democrático». O sea, nada de «pasamos por aquí y se nos ocurrió...». Sus padres, desde la acera, charlaban y dirigían de vez en vez sus miradas a la zambullida prole.

Casualmente también estaba en la orilla —digo, en el muro— el encargado, un señor que salió del cuarto de controles. «¿Ya está permitido bañarse aquí?», le inquirí. Y él: «No, no se permite, pero ¿qué les vas a decir? ¿Qué se le puede hacer? Imagínate. Se bañan y ya...».

¡Hum! «Se bañan y ya». Parece una respuesta desde lo inevitable, como los hados que lanzaba el Olimpo sobre los héroes griegos. No importa lo que hagas, el destino te martillará el dedo gordo tal día, a tal hora. No te opongas, no hagas fuerza. Resígnate. Esa fuente traía escrito que un día los niños se bañarían en ella, y terminará ahogado quien se oponga al designio divino, aunque se trate del empleado facultado para impedirlo.

Bueno, entendamos al hombre. Si le diera por llamar al orden, ¿qué podría esperar? Los menores no estaban allí «por la libre empresa». La indisciplina era aprobada por sus mayores, como si hubieran acordado un día de picnic, bien provistos de mochilas, refrescos, dulces. Si los adultos no caen en la cuenta de lo incorrecto, ¿contra cuántos molinos tendría que vérselas nuestro caballero?

Hago un aparte para advertir, empero, de lo peligroso de darse un baño en un sitio no concebido con tales fines. Por desgracia, en ocasiones los transeúntes lanzan al agua colillas del cigarros, o escupitajos —la descripción puede ser repugnante, pero es muy real—, ¿y es en esa sopa de gérmenes donde algunos consienten que sus hijos se solacen?

Cabe notar, además, que no hablo de una fuente en el mítico y lejano poblado de Remangalatuerca, sino de una ubicada en el punto más céntrico de la capital. ¿No existen responsables de velar por el ornato, la función correcta de los espacios que son de todos, ¡y la salud de los niños!, y hacerlos respetar?

Ya, ya. Alguien me dirá que «si se bañan allí, es porque no tienen donde más hacerlo». Pero que sean insuficientes —por no decir casi inexistentes— las piscinas públicas en nuestra ciudad, es una carencia por la que deben responder los funcionarios del INDER. No yo, que también la sufro.

Lo que sí sé, y tengo muchísimo más claro que el agua de la Cascada de 23 y Malecón, es que, si no tuviera un pan, no le daría a mi hijo una piedra; y si no tuviera un chocolate, no le ofrecería un ají picante. ¿Se puede acaso suplir un bien con un daño? ¿Expondré a un niño a un peligro de enfermedad o accidente, o afearé la imagen de la ciudad, solo porque no hay piscinas disponibles?

Casi al marcharnos, pudimos observar a unos jovenzuelos —zangandongus tarajayuum, en latín— jugando fútbol en plena calle Infanta. ¡En el medio de una vía transitadísima! Dos de ellos ya se iban aproximando al improvisado balneario, explorando su oportunidad de un chapuzón reconfortante en aquel festín de amebas y giardias.

Y en efecto: ¡Plaf! ¡Plaf!...

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