Londres vota

Autor:

Luis Luque Álvarez

Dos candidatos se disputan hoy la alcaldía de Londres, la ciudad más populosa de Europa. De un lado, uno que se refiere al presidente George W. Bush como «la mayor amenaza contra la vida en el planeta»; del otro, uno que, como mismo el inquilino de la Casa Blanca, se ha opuesto al Protocolo de Kyoto, y entre otras «perlas» ha afirmado que las personas negras poseen menor coeficiente intelectual.

El primero es, por el Partido Laborista, el actual alcalde, Ken Livingstone, cuyas posiciones de izquierda lo han coronado como «Ken el Rojo». El segundo, el conservador Boris Johnson, cuya fama de estar bastante fuera de molde, de excéntrico y teatral, contrasta con su apego al estricto liberalismo económico, propio de sus correligionarios.

Dos candidatos se disputan hoy la alcaldía de Londres, la ciudad más populosa de Europa Entre los diez competidores en liza, se observa con atención a estos dos. Más que por ellos mismos, porque analistas esperan ver en la capital británica un efecto de caja de resonancia de lo que ocurre a escala nacional: que el laborismo, comandado por el primer ministro Gordon Brown, naufraga, y que los Tories les sacan 14 puntos en las encuestas y están listos para hacerse con el poder en los comicios legislativos que deben efectuarse en 2009 (si se celebraran hoy, ya lo tendrían en las manos...).

Pero concentremos la atención en los dos primeros sujetos. Aun cuando, apenas dos meses atrás, Johnson, de 44 años, era visto como el casi seguro ganador, la torta se ha virado, y es Livingstone, de 63, quien ahora lidera en los sondeos.

El veterano político, que preside la alcaldía por dos períodos consecutivos hace ocho años, en noviembre de 2006 expresó a este comentarista que sus coterráneos, tras los ataques terroristas del 7 de julio de 2005, manifestaban más preocupación por las cuestiones sociales y por las injusticias que se cometen en nombre de la «guerra contra el terrorismo». Y parece confiar en esa sensibilidad del electorado, al que ha demostrado con hechos su compromiso progresista. Así, el gobierno local expide permisos de construcción a empresas que, a cambio, deben erigir viviendas para personas pobres, e introdujo un impuesto a quienes circulan con sus autos por el centro de la ciudad y la contaminan, mientras que con ese dinero se mejora el transporte público. Curiosamente, un sujeto, el embajador de EE.UU., rechaza que sus funcionarios paguen dicha tasa, por lo que Livingstone lo ha tildado de «pequeño ladrón».

En su programa electoral, «Ken el Rojo» aboga por ampliar la zona de baja emisión de dióxido de carbono y aumentar la tasa para vehículos mayores, además de edificar más viviendas accesibles para personas de bajos ingresos

Su contraparte conservadora, entretanto, con la seguridad como eje, opina que Londres necesita «ideas frescas», y pregona que doblará la presencia policial en el transporte público, y enfrentará la tenencia de armas en manos de los delincuentes. ¡Ah!, y sembrará 10 000 árboles (para no quedarse atrás en este raro asunto del clima, ¿no?).

Ahora bien, no solo en Londres alistan urnas. Más de 4 000 puestos municipales se discuten en Inglaterra y Gales. Es ahí donde se espera un varapalo a los laboristas y, de rebote, a su primer ministro Brown, pues a su excusable ausencia de carisma (nadie es monedita de oro, a fin de cuentas), se añade la percepción general de que no lo ha hecho bien desde que heredó el poder tras la retirada de Tony Blair, hace un año.

El gobernante y su equipo han decepcionado a buena parte de los votantes, por medidas como la extensión del período de detención a sospechosos de terrorismo, o el drástico recorte a beneficios fiscales que percibían personas mayores y de magros recursos (sobre esto último, ayer reconoció que cometió «errores» y anunció compensaciones). Incluso ha recibido una mezcla de ira y burla por la inexplicable desaparición de datos confidenciales de millones de británicos ¡al menos en tres ocasiones desde diciembre!

Con estas nubes y truenos, algunos estiman que al laborismo y a sus aspiraciones en 2009, se les pasará factura, ¡y Livingstone no escapará! Aunque ese análisis peca de ligero. Si bien es dable la primera parte, ¿no sabrá diferenciar la opinión pública entre el mal desempeño del gobierno y el de un alcalde que ha administrado con criterios sostenibles su inmensa urbe?

Los londinenses tienen la palabra. O mejor, la boleta...

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