Paradojas del júbilo

Autor:

José Alejandro Rodríguez

«¡Abajo la burocracia, arriba los trabajadores!», rezaba una pancarta perdida en el ecuménico desfile por el Día de los Trabajadores en la Plaza de la Revolución. Otro cartel exhortaba a la más amorosa lógica política, sin exclusiones, cuando remarcaba: «Sumar y multiplicar, nunca restar y dividir». Y un rústico cartón, en manos de un «viejo», exhortaba: «¡Raúl, aprieta; el pueblo te respeta!».

Un reportero de todos los años y todos los desfiles sintió que esta vez había, en el componente amoroso e identitario de los que siempre van y demuestran su fe en tal festejo, una acepción de fidelidad política diferente: algo así como que lo que hemos alcanzado debe servir para salvarnos, y no para acostarnos cómodamente en la siesta de los asuntos nacionales.

Y este reportero presume de analista, cuando tras los fastos del Primero de Mayo, piensa que esa significación que tiene hoy para los cubanos la fiesta del trabajo, el «laburo» —como dicen los argentinos— se traduzca en más prosperidad personal para todos.

Observando tanta fiesta de Primero de Mayo, uno aspira a que ese entusiasmo para la convocatoria se revele en el diario que a diario. Porque ha sido muy provocadora en estos años de período especial la desarticulación de la figura del trabajo y del salario. Y en torno a esa falencia se han montado muchos desentendimientos y enajenaciones nacionales.

Si me preguntaran por qué voté este Día Internacional de los Trabajadores, es porque el trabajo, como noble palanca impulsora del desarrollo de las fuerzas productivas y del progreso nacional, logre reasumir la Ley de Distribución Socialista que expiró con la pirámide invertida y tantas distorsiones e intrusiones económicas de estos años: esa que predica que de cada quien según su capacidad, y a cada cual según su trabajo.

Ahora, viendo desfilar a tantos entusiastas que se elevan por sobre múltiples tragedias de la vida cotidiana, uno repara en que, en lo adelante, Cuba tendrá que vindicar el trabajo y el aporte económico como termómetro del respeto y la distinción social.

Incrustados como estamos ante tantas barreras burocráticas e institucionales, e impulsados a la vez por tantas incitaciones políticas de la Revolución, en especial de Raúl, al final uno debe hacer votos porque este querido país busque su brújula y transforme todo lo que entorpece el avance de un socialismo que debe probarse en otras lides muy exigentes en este mundo.

Eso lo sentí este Primero de Mayo en la Plaza de la Revolución, mientras una multitud de cubanos volvía a los asuntos, por ese enigma nacional que siempre nos une, con un júbilo múltiple y extraño que no siempre aflora en la jornada laboral.

Este Primero de Mayo, desde la atalaya que da el reporterismo, sentí que Cuba será más fuerte en tanto sea más dura y exigente consigo misma. Lo merecen tantos madrugadores que desfilaron, allí y en todos los rincones del país. Lo exige el laborioso tejido de la salvación nacional.

Fotos: Franklin Reyes, Roberto Meriño, Roberto Morejón, Juan Moreno y Roberto Suárez

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