El otro bloqueo

Autor:

Julio Martínez Molina

Los suministros de muchos de los negocios ilegales existentes en la actualidad en el país provienen de un fondo madre —el del Estado revolucionario— al cual saquean y exprimen irresponsables de los más diversos giros, guiados por la errónea premisa de que ello es la solución para hacerle frente a la difícil situación de una lacerada economía.

Es el mismo Estado que, en los más disímiles lugares del mundo, en no pocas circunstancias sorteando escollos inimaginables impuestos por el bloqueo genocida yanqui, invierte para garantizar a los cubanos el acceso a una extendida gama de productos; muchos de ellos entregados a precios de subsidio, como el caso de los vitales medicamentos, entre tantas áreas priorizadas.

Durante el discurso de clausura de la VII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Raúl expresó un concepto cenital, de cara al desarrollo del país:

«Constituye hoy un objetivo estratégico avanzar de manera coherente, sólida y bien pensada, hasta lograr que el salario recupere su papel y el nivel de vida de cada cual esté en relación directa con los ingresos que recibe legalmente».

Con guía certera y pasos sostenidos, se trabaja en tal sentido, asidos al principio de que solo el robustecimiento de la base productiva y el incremento de la capacidad laboral constituyen los remedios seguros para emerger de una vez por todas del período especial.

No está ajena la dirección del país a la dolorosa verdad de que el salario no alcanza para suplir todas las necesidades básicas del individuo, y que subsisten desigualdades expresadas en que no siempre quienes más sacrificio y trabajo aportan a la sociedad perciben más beneficio económico, como aconseja un axioma sustentador de la filosofía comunista.

Y resulta evidente hasta para el menos sagaz que, unido a ese entorpecedor bloqueo asfixiante de las administraciones norteamericanas, opera paralelamente el otro bloqueo interior, el cual también hace un daño irreparable.

Ese bloqueo a la criolla, sabemos todos, no solo halla fundamento en la escasa productividad en el trabajo, la desidia, la abulia...; sino en la estafa al trabajador, la corrupción e ilegalidades, la venta de prerrogativas, la sustracción abierta de bienes del Estado: el verdadero cáncer de la economía estatal con la que han medrado, y todavía lo hacen, especímenes que variaron sustancialmente sus niveles de vida al paso de los años, chupándole las energías de sus recursos a empresas, almacenes, cooperativas...

Sorprendentemente escuchamos a veces como estos y otros muchísimos vampiros de la economía estatal son defendidos por algunas de esas propias personas a quienes, por diversas vías, imponen la venta de sus ilegales productos a precios descabellados.

Aunque sea una obviedad repetirlo, está claro que en la base social de este comportamiento no solo subsiste desconocimiento económico, sino además la voluntad de justificar una acción punible a partir de las propias carencias que afrontamos los cubanos hoy, sobre falsos códigos de «solidaridad».

Y ahí se encuentra agazapado uno de los peligros mayores con los cuales puede toparse cualquiera en esta batalla colectiva. ¿Por qué muchos —sometidos a las mismas inclemencias de los tiempos— son capaces de no delinquir, de preservar la honestidad; y otros no lo hacen y en cambio sacan ganancia a cuenta de la explotación de los primeros, y encima ni siquiera reciben censura sino hasta agradecimiento o cuando menos reconocimiento tácito?

Es un fenómeno complejo. El 18 de febrero de 2007, Fidel sentenció en una Reflexión que los problemas actuales de la sociedad cubana requieren más variantes de respuesta para cada dificultad concreta que las contenidas en un tablero de ajedrez. Y complejo resultará desterrar del panorama social a estas lacras sin una acción integradora que contemple, primeramente, el necesario incremento de los niveles de control de las administraciones y el consustancial cierre definitivo de los cursos de agua por donde flotan y se evaporan los recursos...

Y luego, una mayor cultura económica general, que dé cabida a la reprobación por parte de la gente honrada que vive, dificultades sabidas a un lado, de su honesto sueldo, a la espera —no quimérica, sino alcanzable— de un necesario mejor tiempo, de solvencia económica para todos.

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