Un año con el hyperprésident

Autor:

Luis Luque Álvarez
Era «el presidente del poder adquisitivo». Así se había anunciado en la campaña electoral, y los franceses le creyeron. Pero un año después, el poder adquisitivo de ellos, que ven en las revistas al mandatario exhibiendo un costoso Rolex mientras pasea por el Mediterráneo en el yate de un amigo millonario, no subió.

Quizá por eso, por la promesa incumplida, el público le está pasando factura. Según un sondeo del 28 de abril, solo cuenta con un 32 por ciento de aceptación, y el 65 por ciento de los consultados le reprocha no haber estado a la altura. Respecto a su vida privada, el 80 por ciento se dijo harto de sus devaneos amorosos. En fin, que si lo negativo fuera una bola de hierro y estuviera atada a su pie, ya el hombre se habría ahogado.

Nicolás Sarkozy. Foto: Reuters Pero si algo le sobra al presidente conservador francés, Nicolás Sarkozy, es ganas de flotar. Y para ello, lo mejor es deshacerse del lastre con el auxilio de la autocrítica: «Sin duda, no me he explicado bien. Tal vez he cometido errores», confesó el 24 de abril ante la TV. Y se defendió como gato boca arriba para explicar por qué no ha colmado las expectativas: «Desde que fui elegido, el precio del petróleo se ha duplicado, estalló la crisis hipotecaria, el euro ha alcanzado niveles increíbles en comparación con los del dólar, muy bajos, y el precio de las materias primas ha subido notablemente. Este cuádruple shock significa que necesitamos reformas, cambios y adaptación».

Y bien, no le falta razón en que la calamitosa coyuntura económica internacional ha caído como un yunque, y Francia estaba sin casco. Sarkozy no tiene la culpa de que el sol salga y se ponga. Sin embargo, el dedito índice de la gente va a parar a él. ¿Por qué? Porque se implica demasiado en demasiados asuntos que bien pudiera delegar. Así, se ha ganado el calificativo de «l’hyperprésident», «el superpresidente». «El primer ministro François Fillon —señala la revista británica The Economist— es tan invisible como omnipresente es su jefe». Sarkozy ejecuta las tareas de sus subordinados, desde negociar con los sindicatos, hasta ir a Bruselas a explicarles a los ministros de Finanzas de la UE una posición de Francia, o volar a Chad para traer de vuelta a varios españoles y franceses relacionados con un caso de tráfico de niños africanos.

Este activismo provoca que todas las miradas estén sobre él. Y si, según The Economist, presidentes anteriores han tenido a la mano a su primer ministro para descargarle la culpa cuando las cosas han ido mal, «Sarko» no tendrá nadie a quien culpar, como no sea a sí mismo. Las elecciones municipales de marzo, en las que su partido, la Unión por un Movimiento Popular, quedó a la zaga de los socialistas, fueron sin duda una expresión del malestar con un gobierno y un líder político que en mayo de 2007 arrolló a sus contrincantes en los comicios generales.

No obstante, en el terreno de las simpatías no hay ciencias exactas. Buena parte de la gente acoge favorablemente su idea de eliminar los regímenes especiales de pensiones —que permiten a los empleados públicos de labores más difíciles o riesgosas jubilarse a los 50 años—, así como quitar los impuestos sobre las horas de trabajo extra, para potenciar la productividad, una medida que, según él, ha beneficiado a cinco millones de personas. De resultas, si se celebrara nuevamente la primera vuelta de las presidenciales, ¡Sarkozy volvería a vencer!, según una encuesta divulgada el 5 de mayo por el diario Le Figaro.

En cuanto al plano exterior, el «hyperprésident» empuña la bandera de haber ayudado a destrabar la adopción de un Tratado de Reforma de la UE, firmado en diciembre de 2007 en Lisboa. De igual modo, se ufana de la luna de miel que ha iniciado con Washington, tras el NO de su antecesor, Jacques Chirac, a la agresión contra Iraq. Por cierto, a los ciudadanos no les gustó que ordenara enviar 700 soldados franceses más a Afganistán, decisión hecha pública en abril durante la cumbre de la OTAN. Allí también anunció que París volvería en 2009 a la estructura militar de la Alianza, de donde la sacó en 1966 el presidente De Gaulle, ávido de mayor autonomía respecto a EE.UU. Es curioso que ahora sea un «neogaullista» quien se encargue de «rectificar» y regresar por el caminito...

En fin, al inquilino del Palacio del Elíseo le quedan cuatro años en el cargo y ha expresado que será entonces cuando deberá juzgársele. Los franceses, a la espera de que la llegada sea mejor que la arrancada, darán su veredicto.

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