Sedientos en el oasis

Autor:

Luis Luque Álvarez

Una fila de personas de diferentes edades y sexos, a la espera del clásico cucharón de sopa, puede ser una imagen recurrente en cualquier paraje tercermundista. En un país altamente desarrollado, la misma escena suele quedar reservada a deambulantes o individuos alcohólicos.

Residentes pobres hacen fila para recibir alimentos en Munich, sur de Alemania. Foto: AP Sin embargo, en Alemania, tercera potencia económica mundial, no únicamente estas personas, sino familias enteras, se van viendo en esa necesidad: «Los vagabundos solían ser los visitantes habituales de nuestros comedores, (pero) cada vez son más las familias que a final de mes acuden a nosotros», comentó Peter Neher, director de la organización no gubernamental Cáritas Alemania, a la cadena informativa Deutsche Welle.

Dicen que cuando el río suena... En fin, estas son las piedras: un informe del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales de ese país advierte que la brecha social crece, pues el 13 por ciento de los alemanes es pobre (gana menos de 781 euros mensuales, el 60 por ciento del salario medio), y otro 13 por ciento lo sería si el Estado, con las políticas que aún mantiene, no los socorriera.

El mismo texto refiere que entre 2002 y 2005 los salarios bajaron un 4,7 por ciento, y dejaron en situación más vulnerable a las madres solteras y, en consecuencia, a los niños. Claro, la tijera no fue para todos, pues los salarios más altos ¡continúan elevándose! Incluso la pasada semana los parlamentarios democristianos y socialdemócratas debieron renunciar a una propuesta de darse a sí mismos un «aumentico» de 500 euros... sobre los 7 000 que ya perciben. Habría sido demasiado escandaloso, con el mencionado informe tañendo campanas. «Dejémoslo para más adelante», habrá pensado más de uno.

Al final, la realidad se encargó de demostrar que la consigna de los conservadores para las elecciones de 2005 —«el mayor riesgo de pobreza es el gobierno rojiverde», en alusión a la alianza entre socialdemócratas y ecologistas, que resultó derrotada— puede servirle a cualquiera. Tampoco la actual Gran Coalición entre ellos y los socialistas ha podido frenar la tendencia al empobrecimiento, a primera vista inexplicable en un país con un Producto Interno Bruto de 2,4 millones de millones de euros, y cuyo PIB per cápita es de 26 856 euros. Pero tal vez sea mejor olvidar esa última cifra, porque las matemáticas, tan bellas y exactas, ni visten ni dan de comer, ni se fijan en que, aunque el oasis es real, no todos los peregrinos alcanzan dátiles ni beben agua fresca.

De momento, es un alivio que el Estado asuma con ayudas lo que no llega al bolsillo del obrero, o del desempleado, si bien un loable principio reza que no ha de entregarse como caridad lo que se debe dar por justicia.

Pero en el caso alemán, como en el de otros países europeos que en la posguerra hicieron florecer Estados de bienestar para contrarrestar la influencia del socialismo del Este, ya se van apreciando señales sutiles de que el modelo «no cuadra», al menos en la forma en que ha existido hasta ahora. Así, con el argumento de sanear las cuentas públicas, desde 2009 el trabajador deberá pagar un punto más sobre el 6,5 por ciento de su salario para el seguro de salud, y ya en 2006 se aprobó que la edad del retiro vaya incrementándose progresivamente, de 65 a 67 años. ¿Alguien se aventura a asegurar que, más adelante, no habrá que jubilarse a los 70, o que el paciente dado de alta no tendrá que escapar colgado por una ventana, asustado por la factura?

Ya, ya; es solo una exageración cinematográfica. Pero está visto que los platos rotos, o los bruscos apretones del cinto, no se sienten arriba. Las familias que hasta ayer cenaban en casa y hoy deben acudir al comedor de Cáritas Alemania, pueden atestiguarlo...

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