Crimen de gaveta - Opinión

Crimen de gaveta

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Los «crímenes» científicos pueden terminar en harakiri analítico. Lanzar a sombrías gavetas las investigaciones es condenar a la oscuridad el entendimiento. Ignorar la ciencia es expresión suicida de inconciencia.

Lamentablemente no son pocos los casos de menosprecio por la ciencia y los científicos. Tampoco los de querer mediatizarla; arrimarla a la sartén de la apología. Y este intrusismo es muy grave. La ciencia solo es útil cuando nos ofrece lo que los fenómenos son, y no lo que se quiere que sean.

Hace unos días escuchaba en alguno de nuestros medios de prensa, la idea de que era preciso hacer más periodismo de investigación: para dar un mensaje «optimista». No creo que investigar sea necesariamente un ejercicio de optimismo, en todo caso podría catalogarse de «realismo». Y no precisamente de aquel que dimos en llamar «socialista», en el que se ignoraban —sería mejor decir escondían—, los lados menos agraciados de la realidad.

Cuando se violentan estos presupuestos el harakiri puede traspasar lo analítico, para desembocar en lo político. La izquierda ya sufre sus secuelas, pues hay bastante coincidencia en que el llamado socialismo real no supo asimilar estas lecciones.

Duele saber que a su caída fueron «subastados» a precios de ganga muchos aportes científicos, algunos de los cuales pudieron solventar diversas sinrazones o conflictos.

Claro que una ciencia hecha con seriedad, sin mediaciones o intromisiones absurdas, puede plantar fantasmas inesperados frente a cualquiera. Pero los fantasmas pueden espantarse cuando se llega a la «claridad» —del día— aseguran los guajiros; de las ideas, en el caso que nos ocupa.

En esta misma columna abordé hace un tiempo el poco favor que nos haríamos si, como en el cuento de los hermanos Grimm, persistimos en hacer el papel del doctor Sabelotodo.

En nada ayudaría acudir a la artimaña de aquel campesino pobre de la fábula que, engaño de por medio, y bendecido por la casualidad, logró labrarse mejor futuro.

Para hacerlo le bastó poner en práctica la engañifa que le sugirió un doctor verdadero, que incluía hacer un rótulo donde se leyera: «Soy el doctor Sabelotodo», y clavarlo bien alto sobre la puerta de su casa.

La fama del estafador creció cuando un buen día un señor con cierta cantidad de dinero fue robado y acudió a sus servicios, y sin astucia o suspicacia alguna, por obra de la casualidad, fue haciendo que los ladrones se creyeran ingenuamente descubiertos. Lo cierto es que el personaje del cuento terminó embolsillándose el dinero que le prometieron los ladrones por no delatarlos, y otra tajada del rico, como pago por descubrir el lugar donde se escondían sus ahorros.

En aquella oportunidad expresé que para un cuento no dejaba de ser un curioso final; aunque en la vida real, en la sociedad real, las historias y sus remedios y finales se tornan siempre más complicados, en algunos casos por la existencia de sus doctorcitos «Sabelotodo».

En aquella columna consideré que haríamos bien exorcizando la socorrida frase que escuchamos de cuando en cuando por ahí, o las actitudes que la hacen evidente, de «solo sé que lo sé todo, y lo que no me lo imagino», y suplirla por: «solo sé que no sé nada».

También expuse que la sociedad cubana ha debido purgar por lo que popularmente denomina «creerse cosas». Fidel alertaba sobre lo pernicioso de esa tendencia el 17 de noviembre de 2005, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, durante el discurso por los 60 años de su ingreso a esa institución:

«Una conclusión que he sacado al cabo de muchos años: entre los muchos errores que hemos cometido todos, el más importante error era el creer que alguien sabía de socialismo, o que alguien sabía de cómo se construye el socialismo. Parecía ciencia sabida...».

El socialismo se ha descubierto a cocotazos, tendrá vida mientras funcione más como un enigma que como una consigna.

En todo esto pensaba mientras oía la descripción parcial de un resumen científico sobre el tema de las desigualdades en Cuba. Un grupo de estudiosos, a instancias gubernamentales, reúne los resultados de diversas indagaciones, que seguramente culminarán en el trazado de políticas, que permitan corregir, paulatinamente, los desajustes acumulados en estos años.

Curiosamente, en esta propia semana he sido testigo de otros encuentros en los que estudiosos, investigadores y cientistas sociales o de otros campos, han sido llamados a ofrecer sus opiniones, consideraciones y análisis para enfrentar otros complejos problemas del país. Es como si la discrepancia necesaria, como método de mejoramiento, comenzara a ubicarse en el justo lugar que le corresponde en el socialismo cubano.

Ojalá sigamos como sociedad transgrediendo el imaginario de los hermanos Grimm, y como ya recalqué en otra oportunidad, pongamos en venta cada uno los dogmas con los que hemos cargado hasta hoy, y sobre la puerta de entrada de todos nuestros sueños situemos definitivamente otro cartel: «Soy el doctor Sabelonada».

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