El león abre la boca

Autor:

Luis Luque Álvarez

Cuando el domador introduce su cabeza en las fauces del león, en el circo se puede escuchar incluso el vuelo de una mosca. Los espectadores permanecen como estatuas de cera, esperando que el león no se acuerde de que es león y vaya a ocasionar un dañito con solo mover la mandíbula.

Un grafitti, en una pared de Dublín, llama a votar «no» contra el Tratado de Reforma de la UE. Foto: AP Ayer, las autoridades de la Unión Europea (UE) se comían las uñas mientras rezaban por el domador, que es en este caso el Tratado de Reforma de la UE, aprobado en diciembre en Lisboa por los líderes de los 27 países miembros del bloque. Quien ruge es el electorado irlandés, tres millones de personas convocadas a un referéndum para apoyar o rechazar dicho texto.

Esta tarde se conocerán los resultados definitivos. Hasta entonces, tienen razones para temblar en Bruselas, pues la última encuesta antes de las urnas, publicada por el diario Irish Times, daba el triunfo a los partidarios del «no», con 35 por ciento, y los del «sí» perdían con el 30. Solo los indecisos (el 28 por ciento) podían hacer la diferencia, y a ellos apostaron las principales fuerzas políticas, desde el gobierno de centroderecha hasta la oposición laborista.

¿Por qué el temor? Porque el gobierno no puede ratificar el documento si la gente no lo aprueba en las urnas, y como se necesita la unanimidad de los 27 países para validarlo, el Tratado quedaría como la novia de Pacheco: vestida de blanco y a la puerta del Palacio de los Matrimonios. La madrina (la UE) maldeciría la hora en que se permitió a los irlandeses pronunciarse (18 países ya ratificaron el texto, pero por vía parlamentaria) y se retiraría llorosa a su aposento, como en 2005, cuando franceses y holandeses votaron contra el proyecto de Constitución Europea.

Por cierto que esta última subsiste en lo esencial en el Tratado, según dijo a JR el ex jefe del Parlamento Europeo, Josep Borrell: «El Tratado de Lisboa tiene prácticamente el mismo contenido que el Tratado Constitucional». Así que es la misma croqueta, ayer servida «al plato» y hoy adornada con rodajas de tomate; con la diferencia de que esta vez, salvo los irlandeses, ¡cientos de millones de ciudadanos de la UE no podrán pronunciarse democráticamente sobre ella! (sobre la legislación europea, no sobre la croqueta).

«Europa puede ayudarnos»

La República de Irlanda es llamada «el tigre céltico», por su paralelo con los «tigres asiáticos» —Hong Kong, Corea del Sur, Singapur, y Taiwán—, que alcanzaron altos índices de crecimiento e industrialización en muy breve lapso.

Un informe de Enterprise Ireland, agencia irlandesa para el desarrollo del sector de los negocios, indica que en 2006 el Producto Interno Bruto fue de 177 000 millones de euros. Para una población de 4,2 millones de habitantes, significa un per cápita de 42 000 euros, el más alto después del de Luxemburgo. ¡Y era el país más pobre del club comunitario cuando se integró en él, en 1973!

En la base de este salto de éxito iniciado en los años 90, concurren factores como el énfasis en la innovación tecnológica, la juventud de la fuerza laboral, y el empleo estratégico de los «fondos de cohesión», abundante ayuda financiera llegada desde Bruselas para equiparar el nivel de desarrollo de la isla con los del resto de la UE.

Precisamente apelando a esa pasada generosidad, y frente a la borrascosa realidad de una crisis económica mundial (se prevé que el crecimiento económico irlandés será en 2008 de 2,5 por ciento, la mitad que en el pasado año), el primer ministro, Brian Cowen, alertó a los electores: «Europa nos ayudó a crecer; también podrá ayudarnos a afrontar la crisis».

Pero cuando hay que apretarse el cinto, los votos pueden no rendir la cosecha esperada. Si hay desaceleración —en buena medida por la fuerte interconexión de la economía irlandesa con la de EE.UU., destinatario del 20 por ciento de sus exportaciones—, los ciudadanos pudieran mostrar su disgusto reprobando el Tratado. Y si vieran como una amenaza la afluencia de trabajadores de los países ex socialistas adheridos a la UE en 2004, quizás tampoco habrá luz verde.

En todo el proceso previo, fuerzas minoritarias, como el partido Sinn Fein (con gran influencia en la provincia británica de Irlanda del Norte, pero con solo cuatro diputados en el Parlamento irlandés), hicieron campaña sobre los inconvenientes del Tratado, como que anularía la capacidad de Dublín para frenar propuestas en las áreas de inmigración, finanzas o cooperación policial; avalaría la privatización de los servicios públicos, y reforzaría el poder decisorio de los países más grandes de la UE.

De igual modo, explicaron que el gobierno no garantizó siquiera un artículo que reconociera los deberes y derechos de un Estado neutral como Irlanda, mientras que en el Tratado sí se expresa claramente que los miembros de la UE deben mejorar progresivamente sus capacidades militares. Eso lleva dinero, y no muchos irlandeses están dispuestos a ponerlo...

Pronto veremos si se lo hicieron saber a su gobierno. Como el león aún puede dar un fiero mordisco, los espectadores siguen algo tensos...

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