El romanticismo o la cruz

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello
Hay imágenes que nos desgarran de por vida. Una de estas me atrapó la noche en que terminé de leer, estremecido, a la luz de un candil montuno, la trágica muerte de Cristo. Otra, al concluir en igual condición, el Diario del Che en Bolivia.

Ambos finales se me antojan idénticos en su «calvario». Y sobrecogedores por su trascendencia. No pocas veces hubiera querido detener las postreras escenas, y trasformar esos destinos.

Hasta el rostro de estos íconos se me confunde a veces. Quién Che, quién Cristo. He llegado a creer, pese a mi ateísmo, que la casualidad «providencial» quiso que en el semblante del Guerrillero se materializara la tan discutida imagen de Jesús: si alguien dudaba de que El Nazareno había tenido cuerpo, lo alcanzaba en La Higuera.

Creo que el mundo no ha conocido otros ídolos superiores a su alcance, ni con tal disposición al martirio con idéntico fin: la salvación humana. Aunque uno llame a la purificación del pecado y el otro a la creación de un hombre nuevo.

Aunque alguien pueda acusarme de herejía, desde la religión o mis compañeros de filas, a estos seres los uno en un mismo halo romántico, porque ellos alertan desde su altar redentor sobre la imposibilidad del paraíso humano si el hombre convierte el escepticismo en religión, y si no desencadena sus sueños hasta alturas celestiales, utópicas.

¿Acaso no es romántico asumir que puede salvarse al hombre de la muerte, purificándolo con la propia sobre la cruz? ¿O entregar la vida en la «aventura» de librarlo de la cruz de la injusticia?

Por eso asusta cierto materialismo pedestre u objetivismo desenfrenado entre determinados revolucionarios. Estos se olvidan de que el mayor «realismo» guevariano era precisamente soñar con lo quimérico: «Seamos realistas, soñemos lo imposible».

Presiento que un revolucionario deja de serlo en el instante en que sobrepone la «objetividad» a los sueños. Me atrevería a presagiar que una revolución perece cuando el romanticismo la abandona. Una revolución palpitante es como una muchacha enamorada, y una decadente como esa misma, pero decepcionada. Entonces al encanto le sucede la rutina.

No hay que ir muy lejos para entenderlo. Cuba no hubiera tenido un Primero de Enero si Fidel y la Generación martiana que lo secundó hubieran admitido que no existían las condiciones objetivas y subjetivas para hacer la Revolución, como pudo derivarse de una dogmática interpretación marxista.

Tampoco sobreviviría esta si nuestro liderazgo hubiese enfrentado con «realismo» la debacle socialista. Por suerte, el dogmatismo fue desplazado por el optimismo martiano: Lo imposible es posible. Los locos somos cuerdos.

La voluntad y energía transformadora no deben cercarse entre preconcepciones y dogmas. Una simple chispa en el fondo de un alma puede desatar fuegos arrasadores, cuando interpreta ansias aplastadas o dormidas.

De certezas como esa le habló Evo Morales a Fidel esta semana, en una carta a propósito del libro que resume la visita histórica del líder al corazón de América Latina, que fuera presentado en el Palacio de las Convenciones, de la capital.

Este viaje fue el centro de hechos sumamente simbólicos. De esos que mirados románticamente casi pueden considerarse milagros: 26 años después de la muerte del Che, el pueblo boliviano acogió a Fidel como su héroe. Y 13 años más tarde, el líder sindical indígena del Departamento de Santa Cruz, que siguió ansioso en la distancia la visita, se convirtió en el primer presidente boliviano de su raza. Tres años más tarde le acaba de escribir a Fidel para recordarle los increíbles saltos que las pasiones y las enterezas le regalan a la historia.

Por pruebas como esas debe recelarse de las cruzadas «realistas» en las que a veces nos empeñamos, y con las cuales destronamos y hasta apagamos el bendito arresto transgresor que debería caracterizar a los revolucionarios.

En cuántas situaciones escuchamos, en la misma Cuba, uno que otro regaño como este: «¡Compañero, yo no sé cómo usted plantea eso, porque hay que ser “realistas”»

De tanto escucharlo por ahí creo que hasta se ha fomentado nuestra «realeza», que amparada en las carencias y dificultades materiales, pretende apagar nuestras velas, mientras enciende sus privilegios. Estos solo pueden sobrevivir si nos amilanan la inercia o la desidia, y dejamos a nuestros héroes en el calvario, mientras la humanidad espera su romántico milagro.

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