¿Hacia el centro? ¡Si ya estamos ahí! - Opinión

¿Hacia el centro? ¡Si ya estamos ahí!

Autor:

Luis Luque Álvarez
Aznar (centro), apenas saludó a Rajoy (izquierda) a su entrada al Congreso. Foto: EFE El viernes pasado, cuando José María Aznar entró al plenario del XVI Congreso del Partido Popular, en Valencia, lo hizo componiéndose el saco, caminando despacio, en una onda hollywoodense, y fue saludando uno a uno a los que estaban en la mesa directiva. A algunos, un abrazo; a otras, un beso; a Mariano Rajoy, líder del PP por obra y gracia de su aznarista voluntad, apenas le tomó fugazmente la mano y casi ni lo miró...

Un poco singular la imagen de «unidad» y «solidez» que quiere dar la derecha española. Pero para eso fue que celebraron un congreso, para sanar las heridas abiertas a lo interno de un partido que, tras dos fracasos electorales, debe cambiar el discurso áspero y descalificador si quiere volver a La Moncloa, la sede del gobierno, donde estuvieron desde 1996 hasta 2004. Los ataques al Ejecutivo socialista de José Luis Rodríguez Zapatero han abarcado desde la ampliación de la autonomía de Cataluña hasta el enfrentamiento al grupo armado separatista vasco ETA, y desde la regularización de inmigrantes hasta la natural pérdida de fondos europeos —«si España es próspera, ¿por qué seguir inyectándole dinero?», piensan en Bruselas—. En fin, «palos porque bogas, palos porque no bogas». Y los votantes les pasaron factura a los incendiarios el 9 de marzo.

Pero la tendencia «al cambio» —entendida como el intento de ser menos «ultra»; o sea «derechista, pero no tanto»— ocasiona cortocircuitos en la cúpula. ¡Y en las bases! El 23 de mayo, unos 200 simpatizantes del PP se reunieron ante la sede del partido en Madrid para pedir la dimisión de Rajoy, en protesta por la renuncia de la jefa del PP vasco, María San Gil, inconforme con que se bajara el tono reaccionario del discurso en el País Vasco y en Cataluña. Días despues, cuando el propio Rajoy dijo que «debemos poner énfasis en nuestro papel de partido de centro reformista», uno de sus oyentes le espetó: «¡Centro derecha!».

En el foco de estas tensiones han estado además los contrapunteos entre Rajoy y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, dura entre los duros: «Las ideas que hemos apoyado estos últimos cuatro años cada vez tienen más apoyo», dice ella. Y él: «Que el PP gobierne; ese debe ser el objetivo».

No moverse o moverse algo. Tales son las visiones enfrentadas. Y la Aguirre es una desafiante partidaria de lo primero. Incluso amagó con ser candidata a la presidencia del partido, como alternativa a Rajoy en el Congreso. Pero no se presentó. ¡Pobre de aquel que lo hiciera y no alcanzara el apoyo necesario para desbancarlo! Solo Rajoy lo hizo, y se llevó el 84,4 por ciento de los votos de 2 274 delegados, que dejaron unas 413 boletas en blanco. ¿Alguien duda de encontrar las huellas dactilares de Esperancita en una de ellas?

Con Rajoy legitimado, quedan legitimados también los cambios que efectuó en las últimas semanas, al deshacerse de dos aznaristas como Ángel Acebes y Eduardo Zaplana, secretario general y portavoz parlamentario del PP, respectivamente, y poner dichos puestos en manos de dos mujeres de su confianza personal. Pero en el PP pesa mucho —¡vaya si pesa!— cualquier frase o gesto de Aznar. Este desaprobó las movidas, así como el deseo de renovación. «Ya estamos en el centro», reprochó indirectamente a Mariano en el Congreso. Y a pesar de que quiere hacerse pasar por simplemente «el militante más disciplinado», no deja de saber el atractivo que representa para la derecha haber sido él el primero de su signo en llegar a La Moncloa tras 14 años de gobierno del Partido Socialista Obrero Español (1982-1996). Su palabra es, entonces, «santa». Y mal va aquel a quien se la enfila...

Por lo pronto, en su intervención de clausura, Rajoy definió más o menos cuál puede ser su mensaje «de centro»: Zapatero, con su desgobierno, es absolutamente culpable por los problemas de la economía, la educación, la lengua castellana, la energía, las autonomías, la continuidad de ETA; en fin, ¡que no se entiende cómo la Península Ibérica ha soportado cuatro años sin hundirse en el Atlántico!

Si es esa la moderación prometida...

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