Espada y luz - Opinión

Espada y luz

Autor:

Juventud Rebelde

Era apenas un niño, que ni siquiera soñaba que un día estudiaría Periodismo, cuando escuchaba aquellas frases, mitad chistosas, mitad serias.

Una señalaba más o menos: «Si exprimes los periódicos les sacarás guarapo». Otra resultaba quizá más ocurrente: «Si quieres buscar viandas ve al Noticiero Nacional de Televisión».

Tales expresiones, aunque eran demasiado exageradas, alertaban, en el fondo, sobre un fenómeno de aquellos años románticos y sacrificados —no menos que estos—: el afán de reflejar logros y proezas en los medios de comunicación provocaba al final la sobresaturación y, con ella, la génesis del aburrimiento.

Ciertamente hacía falta entonces hablar de las proezas de la zafra y las abnegaciones del surco. Pero sucede que los mensajes sobre esos temas u otros se viciaron de calcos o de carencia de originalidad; y muchos receptores terminaron viéndolos como fantasmas omnipresentes, que les hurtaban espacios a varios asuntos nacionales, acaso más perentorios.

Hago esta retrospectiva a raíz de discusiones profesionales de estos días, incentivadas por la próxima celebración de un congreso nacional de periodistas, quienes siguen siendo retados y examinados por el público, ahora más culto e inteligente.

La hago, también, porque hoy, que vivo de cerca los «flujos y reflujos de la información», interpreto mejor el sentido crítico y mordaz de aquellas oraciones y entiendo otra vieja queja de lectores, oyentes y televidentes, la cual sentencia que nuestra prensa no refleja enteramente nuestra realidad, llena de éxitos, epopeyas y laureles, pero también de contradicciones, deformaciones, lunares y sinsabores.

Sin embargo, a la vez, comprendo que hacer periodismo en Cuba es una empresa bastante complicada, en la que algunos temas, por más «diarios» que parezcan, no pueden tratarse con la misma facilidad que uno titula: «Cumplen plan de siembra de yuca y de boniato».

La prensa en este país singular, bajo el ojo del Águila, no es —no puede serlo— un juguete que apueste al morbo, a la frivolidad, ni al sensacionalismo; tampoco una quinta columna que se convierta en francotiradora en los montes y ciudades.

Vive perennemente con el reto de hallar el equilibrio informativo entre «lo bueno» y «lo malo», categorías que no son tan absolutas en nuestra compleja cotidianidad. Y late con otro reto no menos difícil: convertirse en una alternativa creíble y seria en un ámbito dominado por los monstruos capitalistas de la información.

Pero el periodismo en Cuba también necesita ser más abierto y valiente, más profundo y objetivo, más sólido y humano. Requiere generar el debate, la polémica, la discusión sana; eso que es tan imprescindible para el cerebro y el nacimiento de ideas.

Necesita andar desprovisto del «cifrismo de los burócratas», protegido contra los que niegan la información a su antojo, desvinculado de las emulaciones por la imagen, despoblado de las amargas autocensuras de los propios periodistas.

Recuerdo que hace unos años algunos funcionarios y periodistas, en sus respectivos lenguajes, daban por sentado, en absurda figuración, que no se podían señalar las sombras de ciertos sectores. Mas lo logrado es absolutamente perfectible y no va a morir porque se ventilen en público sus máculas; moriría si sucediera todo lo contrario.

La prensa tiene que ser un arma diaria de la Revolución para luchar contra vicios y tendencias nocivas, no para ocultarlos. Por ende, no es un cometido que le atañe solo a reporteros y profesionales.

Será mejor y ayudará más al socialismo en la medida en que le cierren menos puertas, en la medida en que los «inflaglobos» dejen de verla como tribuna, en la medida que sus receptores sean más exigentes, en la medida en que no solo sea guarapo y viandas sino también reflexión, orientación, solución, camino y montaña, espada y luz; «proposición, estudio, examen y consejo», como decía un periodista mayor, José Martí.

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