La eterna pregunta - Opinión

La eterna pregunta

Autor:

José Alejandro Rodríguez

«¿Estamos haciendo el socialismo?», se preguntó Raúl el viernes ante el Parlamento cubano, en un discurso pleno de certezas y también de insatisfacciones. Y recordaba aquel alerta temprano de Fidel el 17 de noviembre de 2005 en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, cuando socráticamente calificara, como el más importante error, el creernos que alguien sabía de socialismo, de cómo se construye el socialismo.

Inmersos como estamos en un proceso de decantación de atavismos, mediocridades y estigmas que frenan el avance económico-social —proceso que no debe vararse en la autocomplacencia—, aplaudo que se vindique como un instrumento rectificador de la Revolución el principio de la duda, tan sano y aireador y tan vilipendiado por quienes entienden el marxismo como un dogma cercenador.

El principio de la duda y el vivir haciéndose preguntas, propio del pensamiento científico que abre senderos al saber humano y, por ende, a las prácticas de los procesos sociales, puede tener un sentido propositivo y contructivista cuando se le esgrime con sensatez y compromiso. No precisamente tiene que estar dirigido a socavarlo todo con un negativismo críptico. Puede estar animado por la lealtad.

Esas y otras reflexiones de los últimos tiempos, me alertan de que la Revolución, por encima de sus laberintos y problemas, se encuentra en un proceso de madurez, sin «fanfarrias» triunfalistas ni autosuficiencias acomodaticias. La fortaleza de una sociedad, y mucho más en el socialismo, se mide por la capacidad que tenga para descubrir con transparencia y sin complejos sus propias debilidades y en consonancia rectificar el rumbo. Y a la larga la soporífera abstinencia de identificar los males y enfrentarlos, puede llevarla a eso que Fidel calificara como la autodestrucción.

Lo más saludable ahora es que los análisis desemboquen en los cambios y transformaciones que pide la propia realidad, justamente por la plenitud del socialismo y no contra él. Porque, dialécticamente un socialismo de siglo XXI en Cuba, hay que hacerlo como el camino del poeta, al andar; rectificando a tiempo la propia obra, sin confundir los buenos deseos con las realidades, y reconceptualizando creadoramente a los clásicos del marxismo en la marcha. Ya casi no tenemos referentes. Los manuales de Nikitín y los dogmas llevan el sepia oscurecedor de los vencidos por el tiempo.

De estos días, escojo la vis sensata de detenerse a revisarlo todo y «cambiar todo lo que deba ser cambiado», incluso el repetir tal pensamiento hasta la saciedad como una forma de nunca aplicarlo. Que a cada cual según su trabajo, y más respeto al bolsillo y al ánimo del que más aporta. Que la tierra sea pródiga y se desentumezcan las inercias que frenan los campos. Que si hay más esperanza de vida, crezca también esa esperanza no solo en números de años, si no también en la plenitud que no expresan las cifras. Que cese la desigualdad con los justos, buenos y esforzados, a costa de tanto igualitarismo. Que se le sigan dando virajes a la pirámide invertida y pervertida. Que cesen trabazones y burocratismos, se le dé su sitio a la empresa cubana y se descentralicen muchas más atribuciones sin extraviar el sentido de país, que es más importante que cada cual. Que no se acumulen negativas, en nombre del marxismo.

En fin, que no desfallezca la sana inconformidad, y se desate una guerra a las orejeras y los enmudecimientos. Que nos miremos los quistes y las manchas ante el espejo de la nación, y podamos siempre erradicarlos, preguntándonos, como Raúl: «¿Estamos haciendo el socialismo?».

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