Dicen por ahí...

Autor:

Juventud Rebelde
«El chisme, cará» —así acostumbraba a sentenciar un viejo amigo de infancia a aquellos entuertos vecinales que corrían de boca en boca como una plaga.

Digo corrían porque quien pronunciaba con hilarante desenfado la frase ya no está. Pero el término igual pudiera conjugarse en presente, o ser sustituido por otros verbos —siempre en voz activa— para dar al menos una idea parcial de lo que es. Servirían entonces devorar, arruinar, demoler, mortificar...

A fin de cuentas el «objeto-sujeto» en cuestión tiene sus vasos comunicantes con la semántica, con esa semántica callejera y malintencionada que tergiversa hasta los más lineales significados.

Dejando atrás toda esta jerigonza lingüística, me atrevo a considerar que la inscripción de nacimiento del chisme guarda semejanza con la de Matusalén, y su naturaleza de mal sietemesino ha causado miedo desde los tiempos del mismísimo personaje bíblico. ¿Acaso cree usted que las habladurías a espaldas de otros llegaron con la Postmodernidad? Si así fuese, ¿se irán con ella?

En la época de las computadoras, la información discurre por diversos cauces, y el simple hecho de contar con un dispositivo conectado en red nos convierte en portadores de mensajes a gran escala. Tamaña ventaja tecnológica entonces para la velocidad y el alcance de «ciertos datos».

Por ello, sustento osadamente mi tesis en la permanente efervescencia de tan deplorable manifestación humana en la mismísima era de Internet, capaz de hacer aguantar, frente a un ordenador, las más apremiantes necesidades biológicas por el infausto placer de proferir comentarios ajenos.

Cierto es que el chisme abunda desde antaño por doquier, está tan arraigado en el hombre que vive en sociedad como el propio imperativo de comunicarnos. Lo mismo en predios citadinos que en rurales, la inquietud por «traspapelar» mediante palabras la realidad de quienes nos rodean existe sin muchas distinciones.

En el campo, las advertencias tienen un sabor más libertino, más trivial. Que si la mujer de Fulano, que si el hijo de Mengano, que si la abuelita de Esperancejo... Sin embargo, entre títulos académicos la injuria se hace más solapada cuanto más punzante. Los temas generalmente versan sobre arbitrios y rencillas profesionales.

Si bien la existencia de tan detestable virus discursivo, proclive a parasitar centros de trabajo y comunidades enteras a través de sus agentes transmisores, pudiera mitigarse, la indiferencia con que suele asumirse en algunas instituciones el curso de determinados rumores, reverencia el desarrollo de la indisciplina.

Callar frente a declaraciones que disienten de la unidad de un grupo o de un establecimiento, es otorgarles licencia para que proliferen.

Lamentable resulta este tipo de maleficio humano en colectivos laborales que pudieran aspirar a ser mejores si su «subjetividad interna» fuese menos hostil.

Venga de donde venga, el alma del chisme es pecadora de cuna, y su fisonomía es la del cobarde que necesita disfraces y tapujos para enunciar lo que piensa —la mayoría de las veces sin pensarlo.

Más allá de la verdad que entrañan tales secretos, los cuchicheos o medias tintas muchas veces vienen aderezados con una buena dosis de resentimiento. Fluyen por canales insospechados, de los cuales somos nosotros mismos los principales conductores, a pesar de que su autor casi siempre sea el señor Anonimato, al que, por cierto, algún día habrá que arrancarle la lengua. ¡Que conste! No lo expongo únicamente yo, tampoco lo ha de comentar usted. Espere. Ya lo dirán por ahí.

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