Afganistán: ¿Prisión, orfanato, libertad?

Autor:

Yailé Balloqui Bonzón

Una mujer afgana sostiene con recelo a su hija nacida en prisión. Foto: AP Wahid tiene tres años y ya conoce la desolación y el horror que se puede sentir en los intramuros de una prisión.

Vive con su madre en la cárcel de Pul-e Charkhi, en Kabul, y junto a él habitan otros 225 pequeños cuyas madres han sido condenadas por asesinatos, adulterio o abandono del hogar a largas penas de cárcel.

Ellas decidieron que la prisión es la mejor alternativa.

En muchos países a las reclusas embarazadas o madres con hijos hasta tres años de edad se les permite tenerlos en la prisión para aliviar el dolor de la separación, mientras que en otros se les envía a las casas de acogida o a los programas de bienestar del niño.

En Pul-e Charkhi, los pequeños sobreviven como pueden. Aunque tienen acceso a algo de educación, tratamiento médico y a otros artículos distribuidos por grupos de ayuda, el permanecer viviendo entre esas paupérrimas cuatro paredes dejará grandes marcas para toda su vida.

«Estaba viviendo en una carpa, y no tengo dinero. En la prisión, por lo menos mis niños tienen algo que comer». Habla Qandy, de 30 años, acusada de robar un teléfono móvil, y que está en la cárcel con sus dos hijos.

Algunos de estos niños nacieron entre rejas. Otros llegaron con sus madres a cumplir condena porque afuera corren el peligro de ser vendidos o maltratados incluso por su propia familia, por el simple hecho de ser hijos de una mujer que ha cometido algún delito.

Sorba, de cuatro años, tiene ojos pálidos. Su madre, María, dice que ambos padecen hepatitis C. Tiene otros dos niños viviendo bajo su abrigo en la prisión y se cuestiona entre pasar los cinco años que le quedan de la condena con ellos en su estado o enviarlos afuera. «¿Quién va a cuidarlos?».

La opción de enviarlos a un orfanato podría ser viable, pero ahí tampoco cuentan con ningún tipo de seguridad. Shiringul, tiene cuatro pequeños y no quiere dejarlos ir porque, incluso en esas instituciones, podrían ser raptados o asesinados en represalia por los actos cometidos por su madre.

Afuera, el mundo exterior, no es muy distinto a las mazmorras de Kabul. Alejados del calor materno se enfrentarían solos a los escollos de un país pobre y desolado por tanta guerra, donde una casa segura y cómoda es una rareza.

La violencia que asola a Afganistán afecta gravemente a la población infantil cuyos derechos son atropellados constantemente. Mueren en los bombardeos, son reclutados como combatientes y se les abusa sexualmente. No se trata solo de las pavorosas violaciones que ocurren en el contexto de la guerra, sino también de la terrible pobreza que los aqueja y del trabajo duro que deben desempeñar.

El sector de la población infantil afgana no asiste a la escuela y el mayor grupo que carece de educación es el de las niñas. También entre los excluidos, de acuerdo con recientes datos de la UNESCO, están los pequeños que trabajan, viven en la calle, están en prisión o son discapacitados, pero el sector más marginado es, por mucho, el de las mujeres.

Entre las principales razones de tanta discriminación están que muchas trabajan para mantener a sus familias, otras se casan jóvenes, y se suma también la carencia de docentes mujeres, que impide que muchos padres eviten enviar a sus hijas a recintos alejados de su hogar, pues casi un tercio de las escuelas estatales son para varones.

Incapaces de imaginarse qué tipo de adultos serán mañana, los niños afganos sobreviven dentro de las cárceles, en la calle o en orfanatos. Imposible definir cuál de esas tres opciones les dejará secuelas más crueles. La desolación se les ha instalado permanentemente, olvidados por el mundo, bajo capas y capas de miseria social ante la ceguera constante, inmutable de los poderosos.

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