La atalaya de los amores - Opinión

La atalaya de los amores

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

«Dolor infinito» podría ser el nombre martiano de estas imágenes que ahondan el alma. Fiero dolor con saña repartido, como si golpear más suertes fuera el sino de los dos monstruos de viento y agua. Primero una ráfaga seca, casi una lengua de fuego sobre la isla más joven y el verde pinareño.

Un Gustav que no llegó a ser Gustavo porque, como diría algún jodedor criollo, perdió la o final en una de sus ventoleras. Después Ike, con sonoridad inglesa que más nos recuerda un lamento encharcando ilusiones en su barrido.

Nueva Gerona, Los Palacios, La Palma, Baracoa, Mayarí, Puerto Padre, Camagüey, La Turbina, Surgidero de Batabanó, Playa Cajío, Bahía Honda... Cuántos poblados, cuántas desgarraduras. Casas y barrios rodantes apretados en un puño de salvamento, dejándolo todo, guardando lo mucho, cocinando en la hoguera compartida la recóndita fe en el resurgimiento.

Tanto se ha dicho que ya uno quisiera hablar con vendavales, con ríos, con abrazos. Tanto se ha hecho, que avergüenza la palabra si no levanta paredes, seca las cobijas, clava los techos.

«Dolor infinito», podría ser el nombre martiano de este inventario de desgracias. Pero hay un porfiado empuje de la nación total que lleva el espíritu hacia otra atalaya del Apóstol en su definición de Patria: unión dulcísima y consoladora de amores y esperanzas.

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