La justicia destrozada - Opinión

La justicia destrozada

Autor:

Juventud Rebelde

«Duele hondo ver destruido el resultado del trabajo de generaciones, y a la impotencia por la injuria personal de los últimos diez años se suma la de tener que vivir desde aquí el desgarrador drama que hoy sufren ustedes», nos ha dicho René, en su mensaje de solidaridad por los destrozos del huracán Gustav, a nombre de los Cinco.

Clara visión la del héroe, diez años de injuria... «Diez años de cruel, ilegal e injusto encierro, de presiones y chantajes, de mentiras y tergiversaciones, de largos días en el hueco, de dolor familiar», como los describe Ramón en su mensaje de cariño y amor luego del huracán Ike.

Al cabo de diez años de iniciada la injusticia, los abogados de los Cinco se preparan para acudir a la más alta instancia judicial de Estados Unidos, la Corte Suprema, con la esperanza de que en ella haya un espacio a la justicia. No lo hubo en la Corte Federal de Miami Dade, y aunque sabíamos que allí no podía haberlo —razones conocidas por todos los cubanos y ya explicadas—, resultó impactante el veredicto de culpabilidad por los cargos imputados y las desmedidas sentencias. Todo fue exagerado, por encima de la práctica habitual ante casos como este, de la Constitución, la Ley y el precedente judicial. No lo hubo tampoco en el Onceno Circuito de Apelación en Atlanta, donde solo se percibió un destello de justicia en la primera sentencia dictada por esa instancia judicial el 9 de agosto de 2005, cuando los jueces Oakes, Birch y Kravicht anularon el juicio celebrado en Miami por falta de un jurado imparcial. Por un momento pareció que la justicia aún podía imponerse en Estados Unidos más allá de la intervención de otros órganos de poder del Estado y de las presiones políticas, lo que en ese momento nos hizo recordar aquellas famosas palabras pronunciadas por el Juez John Marshall al resolver el caso Marbury vs Madison en 1803, que sentaron las bases de la facultad de revisión judicial por los tribunales en ese país, por encima de cualquier órgano del Estado: «es enfáticamente la jurisdicción y el deber del departamento judicial decir lo que es la ley».

Pero, como se decía antes de la Revolución en buen cubano, «no dura mucho la alegría en casa del pobre», y un año después Atlanta falló de nuevo sobre el caso y las presiones políticas echaron por tierra la atinada sentencia. De nuevo la injusticia. Se olvidó el precedente judicial, y el derecho a interpretar y aplicar la Ley con total imparcialidad. La justicia fue destrozada.

Diez años de injusticia y los Cinco siguen presos en cárceles norteamericanas, mientras connotados y peligrosos terroristas se pasean impunes por las calles de Miami. Como se dijo una vez: «es la justicia en el país de las maravillas».

Han sido también diez años de lucha no solo en el campo judicial sino también en el empeño de romper el muro de silencio levantado alrededor del caso. Se trata de un juicio silenciado, lo poco que suele dar a conocer la llamada «prensa libre» lo distorsiona, tergiversa, y, en el mejor de los casos, a los héroes le llaman «espías». Por eso, del otro lado del «estrado» y frente al tribunal de la opinión pública es necesario un acto hoy, otro mañana, Tribuna Abierta, Mesa Redonda, forum, encuentros, debate, escritos, o simplemente el mensaje individual. Hay que sumar voces y opiniones, firmas y contribuciones, seguidores y defensores de la causa de los Cinco. Está en juego no solo su libertad, sino la de todos los luchadores contra el terrorismo, y también la vida de los que se niegan a la genuflexión frente al Imperio. ¿Acaso no se gesta y alienta en Estados Unidos la conspiración contra Chávez y Evo?

En medio de esa lucha por la libertad de los Cinco, y casi coincidiendo con el décimo año de su injusta prisión, nos llega la furia de dos huracanes que causan daños a la economía, a la agricultura, a las viviendas. El país recibe el embate de la naturaleza que no entiende de causas justas. Es así que pueblo y gobierno, unidos, en cuadro apretado, se disponen a la recuperación. Muchos han perdido mucho, pero nadie quedará desamparado. La Revolución jamás abandonó a sus hijos, desde el Granma (cuando un expedicionario cayó al mar en plena travesía) hasta los pescadores que naufragaron cuando el Gustav. A todos los cubanos llegará la ayuda, la atención. Ya se encienden las luces de los pueblos, mañana se iniciará el curso escolar, a nadie le ha sido negada la atención médica. El país se levanta sobre los destrozos del huracán y echa a andar. Pobre, pero justo.

El Imperio nos brinda una humillante migaja, unos 20 centavos de dólar por cada casa afectada. Esta vez la oferta no puede considerarse siquiera como la famosa «zanahoria», símbolo de su política y filosofía de ayuda a los pueblos de América Latina (la zanahoria y el garrote) y, para colmo, bajo condiciones oprobiosas que dignamente ha rechazado la nota del MINREX, interpretando el sentir del pueblo cubano. Si de veras quisieran ayudar no tienen más que levantar el bloqueo o simplemente flexibilizar el comercio entre las empresas norteamericanas y cubanas. A los daños y pérdidas causados por los huracanes hay que sumar este año, como todos los años, el costo y las pérdidas por el criminal bloqueo, que no es un mito —existe y daña—, ni tampoco una medida legal, como pretenden justificar con el edulcorado «embargo». Es, simplemente la instrumentación jurídica de un crimen. Por eso la oferta de W. recuerda aquello de «a Dios rogando y con el mazo dando».

Los huracanes nos han golpeado, han destrozado casas, instalaciones, plantaciones y causado cuantiosos daños a la economía, pero la justicia social se mantiene y, especialmente, el ideal de un pueblo de construir una sociedad justa. Por ello pueblo y gobierno se identifican en la tarea de recuperación del país, y en la lucha por la libertad de los Cinco, como exponentes que son de sus mejores hijos. En medio de las tareas por el huracán, redoblamos el esfuerzo por su liberación, y el reclamo de justicia llegará desde todas partes del mundo hasta los oídos de los jueces de la Corte Suprema.

Pronto se presentará el reclamo de justicia a la Corte Suprema, la que tendrá entonces la oportunidad de revisar el caso y de rehacer la justicia que le llegará maltrecha. Será también una oportunidad para que los jueces de la Corte recuerden el alerta que ella misma diera en su día sobre los peligros que se derivan cuando la justicia anda destrozada, «nada es capaz de destruir al Gobierno más rápido que las desobediencias a sus propias leyes y garantías»...

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