En nombre del Padre - Opinión

En nombre del Padre

Autor:

José Alejandro Rodríguez

No quisiera recordar nunca a Carlos Manuel de Céspedes en su hora final del 27 de febrero de 1874, solo y abandonado a su suerte en San Lorenzo, como consecuencia de los rencores y rencillas que tejieron el fracaso de la gesta del 68. Cercenado en su afán libertario, pero irreductible en su melancólico destierro, fue ultimado en un farallón, y se desangró el hombre que forjó los cimientos de la nación, el Padre que sigue convocándonos a mantener en caballería invicta a Cuba.

Prefiero retener a Carlos Manuel vívido, en aquella imagen que me construí desde la infancia, con los relatos de mis padres y maestras; la insólita escena del alzamiento de La Demajagua, que tanto recreábamos dramatúrgicamente en los actos patrióticos de la escuela primaria, desbordantes de imaginación y sin retóricas cansinas y repetitivas.

Se desatan las nostalgias por aquellas fantasías patrióticas, en que jugábamos a ser los próceres, y aprendíamos a latir con Cuba. Sí, se desatan cuando veo muchas veces la fría relatoría, los mecánicos comunicados para escena que nadie oye, y los cuadros sinópticos y sin alma con que muchos transmiten la Historia de Cuba como si fuera un libro de cuentas por saldar, con su debe y su haber. Como si no fuera carne, martirio y luz de nuestro código genético insular.

En escuela privada de pueblo pequeño, no había tantos alumnos negros que representaran a la muchedumbre de esclavos al filo de la libertad. Hubo que teñir con betún a unos cuantos niños rubicundos y bitongos, que no llevaban en la sangre los ardores de la rebeldía. Y el Céspedes interpretado por un condiscípulo paliducho, con bigote postizo, no reflejaba en aquella mirada taciturna, el fulgor de los ojos de Carlos Manuel, esas centellas que nos observan desde aquel 10 de octubre de 1868. Pero nos estremecía.

Pocas imágenes de la historia patria son tan emblemáticas como la de aquella mañana polvorienta de La Demajagua. De vez en cuando la fantasía me introduce en aquel instante crucial: un patricio, un aristócrata ilustrado que respirara París, lanza por la borda toda la segura armazón de su existencia. Libera a sus esclavos con palabras flamígeras, para luchar juntos por la libertad y fundar lo que ya está incrustado independiente en su corazón: Cuba. Y aquellos sufridos seres, maquinarias de carne y hueso para la fortuna ajena, al repique de la campana redentora alcanzan la suprema condición humana. Violentan la Historia en unos segundos, y la fecundan con desespero. Confundidos unos y otros en uno solo, destrozan todas las fronteras. Y yo me acerco a Carlos Manuel y lo abrazo como a un viejo amigo, o choco palmas con él, para luego cuadrarme ante su mando y unirme torpemente a la caballería.

La mañana de La Demajagua. ¡Quién hubiera podido estar allí para presenciar aquel parteaguas! Ese fermento beligerante parece estar irradiando nuestros días para siempre. Es como si aquella tropa redimida nunca parara de cabalgar por los trillos del tiempo, para alertarnos desde la gloria que la caballería debe estar compacta siempre, ecuménica y generosa hacia todos. Porque todos caben y deben estar alistados en ella, por encima de credos. Porque no debemos dejar rezagado ni al último, ni al menos heroico de los cubanos, como entonces abandonaron al primero, al Padre, al inmenso que blandiera con su espada las cuatro adorables letras: Cuba.

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