Tengo una «bacana»

Autor:

Juventud Rebelde

Ahora mismo desemboca en mi memoria una anécdota escrita por el genial —y jamás desaparecido— Manuel González Bello.

Cierto día intentó obsequiar algunas rosas a una joven, aparentemente hermosa, que pasaba por su lado. Pero la muchacha rechazó el obsequio diciendo con tosquedad y petulancia: «¡Las flores son para los muertos!». El brillante periodista solo repuso ante el agravio: «Sí, por eso mismo te las estoy dando».

Si me llega hoy como reminiscencia aquel ejemplar episodio es porque en estos días he visto cómo unos cuantos —y cuantas— han izado en su frente la bandera de la grosería, la vulgaridad o la rudeza, como si con ese estandarte respiraran más y mejor que quienes apuestan por el de la delicadeza, la cortesía, la elegancia de la palabra y la amabilidad.

Son de esos que van por el mundo pensando en la estampilla material o en el pragmatismo a ultranza, sin importarles el significado de un gesto o de un detalle. Creen que están vivos porque les funcionan las arterias; y sin embargo, no entienden que, como la chiquilla malcriada del principio, desde hace mucho están muertos espiritualmente.

No digo que haya que andar en la modernidad, de modo obligatorio, como un Romeo con turbante. Tampoco que en un momento de fragor íntimo amoroso sea necesario decir: «Dame un ósculo sempiterno que zarandee mis partes recónditas y me haga ver el cenit».

Mas, subrayo que quien desprecia el pétalo, el arco iris o el verso regalados tiernamente tiene más de cernícalo (a) que de humano. Lo mismo digo del que se encasilló a toda hora en la ordinariez y en lo rústico.

Hace poco vi a una estudiante de preuniversitario que ante las galanterías de un coetáneo, expresó: «Mi’jo, yo tengo jevo, tengo mi bacán ya». Esa frase se emparienta con otras de la vida diaria: «No puedo dejar mi ocambo por su astilla», «barájate si no tienes verdes», «te voy a jamar con papa», «me tiré una chamaca monstruo» y muchas más.

Y hay quienes aseguran que a estas alturas el piropo decente e inteligente, aquel que preguntaba en otro tiempo: ¿qué hace una estrella tan bajito?, ha disminuido al máximo.

Quizá sea cierto que el «mami rica, eres una locota» ha ganado demasiado terreno y esté venciendo a las estrofas, que nunca morirán. No obstante, no existen estadísticas al respecto.

Lo importante sería entender, en todo caso, que cuando algunos en un país con tantas aspiraciones y conquistas culturales como el nuestro, optan por el camino de la vulgaridad o de la indelicadeza es porque algunas piezas de nuestro extraordinario engranaje social no han sido situadas en sus lugares justos.

El reto sobreviene en recolocarlas; en comprender que no es una simple bobería escuchar a alguien que mañana impartirá clases diciendo hoy: «Yo tengo una bacana».

El reto es menguar, sin reglas preestablecidas, los desaires como los de la joven de las rosas, que jamás supo la sabia sentencia del escritor francés, del siglo XVII, Jean de La Bruyere: «La descortesía no es un vicio del alma, sino el efecto de varios vicios; de la vanidad, del desconocimiento del deber, de la pereza, de la estupidez, de la distracción, del desprecio a los demás y de la envidia».

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