Jugando al solitario

Autor:

Juventud Rebelde
Llego y saludo, pero ella no me escucha. Está absorta, metida de pies a cabeza en un juego de cartas en la computadora.

Hago una pregunta, no tengo respuesta. Porque el Solitario está tan interesante que sería un grave desliz contestarme y es preciso elevar la puntuación, aún cuando yo pueda creer que ella no es real, que es un maniquí frente a una mesa.

De pronto, golpea el buró y hace un chsst con la lengua: no pudo igualar el récord de la empresa, impuesto por Cartisseslandis en diciembre de 2007, en las mini olimpiadas del departamento de Recursos Humanos. ¡Y estuvo cerca de lograrlo! «Dígame, qué deseeea».

Finalmente me oye o lo finge. «Es por ese pasillo, a mano derecha. Aunque él no se encuentra en estos momentos». No me despido, para qué. La mujer ha vuelto a sus corazones y reyes con tal grado de concentración que cualquier palabra de otro caerá al vacío.

Mientras me marcho solo pienso: «La pobre, no es la única». Pongo mi mente en tantos otros lugares en los que las distracciones modernas, esas traídas por la bendita computación, les ganaron desde hace rato a la correcta atención o al simple Buenos Días.

Mientras camino revuelan en mi memoria aquellos centros laborales cuyas secretarias y oficinistas no fueron las únicas que se contagiaron con el Solitario, el Buscaminas o una extraordinaria carrera de autos informáticos. En esos sitios los choferes, las auxiliares de limpieza y hasta el mismísimo director no supieron evadir esos pasatiempos frente a la máquina y se metieron de lleno en la «emulación».

¿Será un fenómeno inevitable de la modernidad? Quién sabe. La vida da incontables giros y puede que hoy sea «lo máximo» lo que ayer fue lo mínimo, o viceversa.

Me apuro porque han puesto la verde en el semáforo y caigo, en mis reminiscencias, en aquel personaje extremista que pretendió en su unidad implantar una resolución para eliminar eternamente los juegos. De hecho, hay quienes, sin muchos trámites, los han borrado de todas máquinas para que nadie caiga en el pecado.

Mas, ¿sería esa la cura? No, me respondo a cada paso. Hay muchas maneras de perder el tiempo y un juego de vez en vez desconecta, aligera tensiones. El yerro sobreviene cuando el entretenimiento de la computadora se convierte en vicio, en prioridad, en esclavitud permanente.

La falta estalla cuando a las máquinas no solo han llegado juegos de barajas, cubiletes, detectives y junglas sino también —como sucede por ahí— cuando el disco duro se ha llenado de noveletas de tres por kilo o de videos de Shakira, que roban tiempo al trabajo y provocan desatenciones como las de la mujer del principio.

Al calor de estas ideas cruzo una calle, intento halagar a una muchacha vestida de blanco y azul. Tampoco le entran mis palabras, probablemente esté oyendo a todo tren a Don Omar por sus audífonos.

Cruzo una calle y al llegar a otro centro de trabajo procuro indagar cuántos juegos tienen. Un amigo me enseña su glosario: Diamante 2, Detective 8, Big Money Deluxe, Ricochet, Aforce, Guojiadiame, Limpia tu habitación, Winlinez, Blocks, Battle, Autopista, Arco de Triunfo, Árbol Amarillo, Cubic, Spider...

En meditaciones pasajeras se va el día. Recuerdo que mañana tendré que volver por aquella empresa y encontrarme con la experta jugadora de Solitario. Quizá para entonces esté menos tensa y embelesada porque ya haya roto, gloriosamente, el difícil récord de Cartisseslandis.

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