La venganza del obstinado

Autor:

Luis Luque Álvarez

Zapatero y Bush: ni en pintura... «La venganza es un plato que se come frío», dice con frecuencia algún que otro protagonista telenovelero. Y no anda muy desvariado, pues el inquilino de la Casa Blanca ya debe estar dándole trabajo a la cuchara. Es la hora del desquite, del «¡así te quería coger...!».

El pillado no es otro que el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero. A inicios de noviembre, en Washington, tendrá lugar una conferencia sobre la crisis financiera, y España, que ha llegado a los primeros puestos de la economía europea, desea estar presente para decir algunas cosas.

«¡Pues no!», le espetan —aunque más amablemente— desde el otro lado del Atlántico. A la cita, que congregará al G-20 —el grupo de los siete países más industrializados, más otras grandes economías emergentes, como China, India, Rusia, Brasil, Arabia Saudita, Sudáfrica, etcétera—, no está invitada España. Es decir, el gobierno de Zapatero, pese al apoyo recibido del primer ministro británico Gordon Brown y del presidente francés Nicolás Sarkozy. Y no hay que buscar una bola de cristal para adivinar la causa.

Es una espinita, llamada... Iraq.

Desde que Zapatero llegó a La Moncloa en 2004 y decidió sacar a las tropas españolas de aquel tornado incontrolable, a Bush se le atoró. Jamás han sostenido un encuentro personal, excepto en 2005, en una cumbre de la OTAN. El norteamericano saludó: «¿Qué tal amigo?», y recibió por respuesta: «Muy bien, ¿y tú?». Nada más.

Los días en que el derechista José María Aznar visitaba el rancho de Crawford, o cuando se creía grande entre los grandes por estar presente en el aquelarre de las Azores, donde Bush y el británico Tony Blair decidieron la invasión a Iraq, se habían ido por el tragante. El nuevo gabinete instalado en Madrid había dado otro rumbo a la política exterior. La venganza llegaría en algún momento.

Para Bush, es ahora, si bien la idea de la conferencia no es suya, sino de Sarkozy; y no se van a dirimir asuntos particulares, sino cómo «refundar el capitalismo», visto el descalabro causado por la desregulación de los mercados. Lo único que aporta EE.UU. es la sede. ¡Ah!, y una de las mayores culpas por el reguero...

De ahí el absurdo. Resulta que, quienes prepararon el veneno, pretenden reanimar al paciente, ¡sin suministrarle otra cosa que las mismas pócimas que ocasionaron su mal! Porque, ¿qué buena experiencia puede ofrecer un gobierno cuyo candidato a la presidencia sigue hablando de quitar poder al Estado, de «adelgazarlo», cuando pudiera ser el muro de contención a los caprichos de los mercaderes?

Una nota: Varios de los que acudirán a EE.UU. han vivido para ver en sus países la quiebra de entidades que se creían «rocas inamovibles»: el banco británico Northern Rock, el alemán Hypo Real Estate, o las cuantiosas pérdidas de la Caja de Ahorros de Francia. Sin embargo, no hay noticia de terremotos financieros en España. Un análisis publicado en Deutsche Welle repara en que, a pesar de sus dos millones y medio de desempleados y de que el crecimiento económico está a punto de detenerse, en el país ibérico no ocurren estruendosas bancarrotas, gracias a la que califica de «excelente gerencia» del Banco de España.

Según la descripción de la cadena germana, esa institución financiera aplica «un rígido y eficiente sistema de control», que obliga a los bancos a mantener altas reservas, los controla regularmente, y solo en condiciones muy estrictas las operaciones de alto riesgo son aprobadas.

Si esta no es una experiencia que en Washington debieran conocer, no sé que lo sea.

Zapatero, entretanto, anuncia que dará —literalmente— «batalla» para estar ahí. Y si no lo logra, «obviamente ya sé lo que va a pasar», ironiza, en alusión a los tomates verdes que le lloverán de parte de Mariano Rajoy, jefe del derechista Partido Popular, para quien esto «sería un dato muy negativo». Aunque Aznar estuvo ocho años al frente, y no sentó a España en el banquete. ¿Críticas a estas horas...?

Sea lo que fuere, el sistema tiene angina de pecho. Y si el obstinado de la Casa Blanca aún mastica su rencor, pues los doctores tendrán que buscar mejor sala para una próxima cita. El paciente no está para oír de venganzas personales...

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