La boya de Gordon - Opinión

La boya de Gordon

Autor:

Luis Luque Álvarez
Como una boya que se niega a quedarse en la profundidad y asciende sin mucho apuro. Así, más o menos, le está ocurriendo al primer ministro británico Gordon Brown, por cuya figura y por cuyo partido (el Laborista) nadie apostaba dos libras esterlinas hace unas semanas.

¿Qué ha ocurrido? Pues que sondeos recientes muestran al gobernante británico repuntando en las simpatías, y que... Bueno, bueno, se dice «repuntar» y ya se cree que el hombre está en ventaja. No es así. Según un sondeo publicado por el diario The Independent, los laboristas cuentan con un 31 por ciento de apoyo, mientras que sus rivales conservadores, liderados por David Cameron, se manejan con el 39 por ciento.

Cualquiera diría que no hay razones para descorchar el champán. Pero seguramente cambiaría de idea si supiese que hasta ahora la diferencia no era de ocho puntos, ¡sino de 20! Es un avance, ¿no?

Sí, lo es. Y viene sucediendo desde que Brown, en el congreso del partido en Manchester, en septiembre, pidió un voto de confianza en él para sacar adelante al país en medio de las turbulencias financieras mundiales. «No es tiempo para aprendices», dijo en aquel momento el ex ministro de Finanzas, en alusión a lo poco que se podría esperar de bueno si el más joven Cameron tomara las riendas.

A propósito, el líder conservador y otros de su tripulación han estado metiendo el «delicado» por estos días, y eso ha empujado a los laboristas al alza. Giras y vacaciones por las aguas del Mediterráneo, sufragadas por multimillonarios como el reaccionario magnate televisivo Rupert Murdoch, no le hacen un gran favor a los conservadores, que quieren aparentar estar «codo a codo» con el ciudadano de a pie en estos momentos difíciles...

Y es en tales instantes en los que se ve al primer ministro laborista en un singular corre-corre, tomando aviones de aquí para allá y de allá para acá, promoviendo la solución de nacionalizar entidades financieras en riesgo de quiebra, llamando a socorrer a los países del este de Europa para que les duela menos el porrazo venidero, y enviando señales tranquilizadoras a los británicos de que, si no puede evitar la pérdida de empleos, al menos los ayudará a hallar otros. Todo esto, ante los flashazos de las cámaras, que lo captan mientras saluda al presidente francés Nicolas Sarkozy, quien lleva el timón de la Unión Europea durante el segundo semestre de 2008.

Paradójico que el gobernante de un país que no pertenece al grupo de Estados donde circula el euro, es quien aparece junto a Sarko «en control de la situación». Era el papel que muchos esperaban de la canciller de Alemania, Ángela Merkel, cuyo país sí ha adoptado el euro y es, además, la locomotora económica de la UE. Pero ella no lo ha hecho.

Las ideas vienen esta vez de Londres y París, y parece que el electorado británico toma nota. Y premia ese protagonismo. Aunque algunas propuestas de Brown no se separan muchos centímetros de lo que ha venido siendo el pan diario de este mundo. Por ejemplo, está convocando a los países petroleros del Golfo Pérsico y a China, poseedores de grandes reservas en divisas, a aportar cifras «sustanciales» al Fondo Monetario Internacional, para que este «ayude» a las naciones en problemas. ¡Pero cómo no! ¡Nada menos que el FMI, el de los préstamos leoninos y el de las deudas impagables, es tabla de salvación! Como si se le pidiera al condenado que comprara un hacha nueva para regalársela a su verdugo...

Criterios resbaladizos a un lado, el público británico no estará embelesado por mucho tiempo admirando el estrellato internacional de su líder, mientras la economía doméstica se estremece. Además, las pérdidas de datos confidenciales de millones de ciudadanos por parte del gobierno ha dejado su marca de disgusto, y las cosas no van bien en Afganistán, según admiten los jerarcas del British Army.

Si la boya no aprovecha esta salida a flote y se mueve en mejor dirección, el lastre continuará ahí, esperando para hundirla nuevamente en el abismo...

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