Dimas - Opinión

Dimas

Autor:

Arleen Rodríguez Derivet

Eduardo Dimas eligió ser polvo sobre el mar de rocas y azules violentos que enamora la vista sobre Santa Cruz del Norte, muy cerca del Hershey de sus primeros recuerdos. Hasta allí lo llevamos junto a su esposa y sus hijos, los colegas y amigos del oficio que ejerció por más de 30 años con paciencia y estilo de maestro.

Cuesta escribir de su muerte, cuando ya lo sentíamos listo para contar la hazaña de su triunfo sobre ella, desde la esquina de la larga mesa de trabajo donde cada mediodía se arman los programas de la tarde y desde la que tantas veces inventó chistes en los que invariablemente él era el antihéroe. La burla de sí mismo, elegante y herética, era su modo de escapar de la admiración y los elogios del resto.

Quién que es, no ha querido ser alguna vez ese periodista respetuoso y respetable que la gente común detiene en todas partes a veces solo para darle las gracias «por lo que nos enseña», sin cohibición ni pena, porque ese periodista respetuoso y respetable comparte colas y carencias, pero elije explicarlas antes que quejarse.

Hace apenas una semana, camino a los funerales de Julio Fernández Bulté, otro imprescindible cuyo vacío demorará años llenar, alguien nos detuvo en la calle para saber por qué no estaba Dimas en las Mesas Redondas sobre las elecciones norteamericanas y la respuesta fue que no demoraría mucho su regreso. «Venció al cáncer», le dije a aquel hombre, «y está muy bien, por suerte».

No era una exageración de la esperanza. Fue tan digna y victoriosa la batalla de Dimas y sus médicos contra esa enfermedad, que la vencieron. Y él pudo volver al estudio, donde tanto se le extrañaba, para dar su versión de acontecimientos que le apasionaban como la crisis económica o las elecciones norteamericanas que no dejó de seguir minuto a minuto, entre cirugías, radiaciones y citostáticos.

Fue su corazón el que no pudo y lo abandonó en la espera de una ansiada reunión de familia para celebrar su victoria. Todavía cuesta creerlo. Ese corazón que parecía blindado por las emociones de la Revolución Cubana y latinoamericana, por las tensiones de una profesión apasionadamente estresante, por la dedicación al cuidado de un hermano y una madre enfermos durante años, sin usarlos jamás de excusa para ausentarse del trabajo o fallar al compromiso con los cientos de colectivos que lo invitaban a disertar sobre las complejidades del universo. Ese corazón que supo amar a una sola mujer y por eso le ganó de compañera a Mirta, silenciosa heroína de un hogar con dificultades que solo dos en uno pueden aliviar... ese corazón que había sobrevivido a tantos embates, gracias al celoso cuidado del Dr. Llerena, se paró definitivamente, bajo el llanto implacable del cielo, la noche del 6 de noviembre.

Vuelen sus cenizas sobre el mar que tanto se le parece en la transparencia. Pero que jamás se alejen de nuestro periodismo su vocación por el estudio, sus análisis sin prejuicios ni orejeras, su respeto por quienes esperaban en la radio o la televisión, los habituales comentarios del analista que al final los invitaba a meditar sobre los hechos sin imponerles conclusiones... su maravillosa herencia: una colección de libros y notas y su fe infinita en los nuevos.

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