Lances de cuatrocientos - Opinión

Lances de cuatrocientos

Autor:

Nelson García Santos

El caballo hala jadeante, manando sudor, el carretón loma arriba, mientras la fusta del cochero rebota una y otra vez sobre el lomo de la bestia que aguanta estoicamente sin relinchar.

El hombre refuerza cada latigazo con un palabreo intimidatorio: «Caballo, ¡caraj’! coge el paso o te arranco el pellejo. Si fueras camino de la casa irías como un bólido».

Así, sonando el látigo y pronunciando maldiciones, hacía avanzar a la flaca bestia que se veía extremadamente cansada y con magulladuras reveladoras del trato a la que la sometía.

«Oiga, ese caballo no puede con su vida, está al desmayarse... Por favor, aguante sus impulsos», le recriminó una pasajera.

El aludido ladeó la cabeza y, como era de esperar, en vez de hablar aulló que hacía lo que le daba la gana y remató: «Si a alguno no le conviene, puede bajarse ahora mismo”.

De nuevo surcó el látigo el aire y cayó sobre el lomo del caballo. En ese instante, desde un auto que adelantó al carretón le indicaron detener la marcha.

El cochero lo recibió sonriente, amable, y en un segundo se trasformó en un ser bonachón, mientras su voz revelaba el por qué: «¿Cómo está inspector?», dijo casi en un susurro.

Aquel lo trató con cortesía, pero fue tajante. Le recriminó que venía observando cómo maltrataba al animal y procedió a imponerle una multa, unido a la advertencia de que podía perder la licencia.

El hombre ni chistó. Lo único que dijo, en un tono ahogado, a modo de despedida, fue: «¡Arre caballito!». Acababa de desnudar su cólera.

Él tampoco era la excepción. Por el maltrato a las bestias y otras andanzas, la policía de tránsito e inspectores estatales, en el actual año, impusieron multas en Santa Clara a más de 400 conductores de coches, casi la mitad de los acreditados con permisos.

Lo más sorprendente es que la mayoría de estos infractores se explayan justificando sus violaciones del Código del Tránsito, por qué aplican una tarifa de cobro a los pasajeros superior a la estipulada, y algunos hasta llegan a negar —¡es el colmo!— que conducían medio borrachos.

A aquellos que fueron sorprendidos en estado de embriaguez, les cancelaron definitivamente el permiso para la transportación; y a los reincidentes en infracciones consideradas peligrosas se les canceló por tres meses y se les situó la obligación de pasar un curso de recalificación sobre el Código de Tránsito.

De nada les vale, en definitiva, la embustera palabrería a esos carretoneros que se creen intocables: la fusta de la autoridad está sonando para acabar con su impunidad.

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