Locuras

Autor:

Marianela Martín González

Él estaba en el entronque de una línea ferroviaria del municipio de Boyeros, por donde no sé si pasa tren alguno. Parecía esperar por alguien que lo llevara a algún sitio, pero al reparar en sus gestos comprendí que permanecía en total encantamiento: «Pasen, pasen, que todo está limpio. No viene nada», dijo con afán de guardabarreras aquel hombre menudo que sonreía.

Sus ojos cansados por la espera de un tren que no podía atropellar a nadie, calaban con delicadeza a los automovilistas. Su oficio imaginario le daba una satisfacción que ojalá nos contagiara masivamente.

Confieso que me pareció que aquella locura tenía un toque angélico, y elucubré tantas cosas mientras buscaba el porqué se le «secó» el cerebro a aquel Quijote nuestro. ¿Tal vez, como el Caballero Andante, se llenó de la fantasía que leía, o sus desafíos y requiebros le apagaron el tino para volverlo un celador de vidas?

A nadie con un poco de sensatez se le ocurriría burlarse de su manía. Incluso, su bondad podía servir de ejemplo a quienes diariamente nos hacen sentir vergüenza ajena.

Esta semana coincidí con alguien que pudiera ser el reverso de este hombrecito. Cada tres palabras que ella decía, dos parecían sacadas de un guión de novela rosa: «Que si mi carro está así o «asao»..., que si mis hijos son los mejores en la escuela y una cartomántica me dijo que uno llegaría a ser alguien grande, que el Mp3 que le compré a Fulanito..., mi ducha, mi lavadora que lava sola, mi peluquera, que es la mejor...».

Hablaba sola, como los desequilibrados, con la gran diferencia de que su discurso no interesaba a nadie, porque carecía de la gracia con la que casi siempre son dotados quienes perdieron el Norte.

Quienes la conocen bien dicen que sus temas de conversación son los viajes al extranjero, el misticismo y los equipos electrodomésticos. Presume de hablar inglés delante de la gente llana, que no puede percatarse del galimatías de su jerga. Y el celular es casi un apéndice de su cuerpo, con el que juega donde haya espectadores.

Cuando se fue, unos rieron y otros quedamos alelados. Hasta alguien lamentó «que haya panaderos que se levanten a la tres de la mañana para que esta... coma pan».

Si la «locura» se convirtiera hoy en pandemia, quisiera un ladito en el entronque de aquella línea férrea junto a aquel lunático que, sin distinción, de corazón, le alumbra el camino a todos, incluso a los que solo miran a su ombligo... a su auto o a su lavadora «todo terreno»; y viven esperando el milagro de que, pese a tantos remilgos y fatuidades, su prole se convierta en algo grande.

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