Africalgia

Autor:

José Alejandro Rodríguez
África duele por su inmenso hematoma de miseria e inanición, aun con las doradas praderas y la lenta gracia de sus elefantes, reductos ya de un paraíso expoliado por la modernidad usurera. Y esa pena remite a un sufrimiento fósil. Pero África, la gran perdedora en la ruleta de la Historia humana, ahora trae consuelo y abrigo a la propia civilización, con su verde reservorio.

El desagravio llega de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), quien acaba de propalar a todos los vientos, bajo la llama del calentamiento global que no perdona a nadie, una noticia sardónica: África, la víctima de todas las transgresiones y violencias, es el noble deshollinador de la suciedad acumulada en nombre del ambiguo «desarrollo»: El inmenso continente de tanto sufrimiento, es el factor compensatorio que equilibra las nefastas consecuencias del cambio climático, con una simple ecuación ya olvidada en los polos de riqueza: sencillamente captura más dióxido de carbono en sus vastas reservas forestales y sabanas, del que emite a la atmósfera. Y por ello contribuye a reducir los gases de efecto invernadero.

Habría que aplaudir a África si no fuera porque ese saneamiento del planeta es el corolario de su ancestral pobreza, el desfase con respecto a la ordalía industrial y tecnológica sin miramientos y prevenciones, que infecta la sociedad moderna irreversiblemente, hasta conducirnos a presagios lunáticos de algún día tener que abandonar esta magullada esfera llamada Tierra.

Con esta verde noticia-esperanza, uno, que lleva desafueros genéticos de bantú o mandinga, se rebela contra el olvido en que han sumido a África los explotadores de siempre, esos que la han exprimido hasta el hollejo desde aquellas primeras conquistas. Es una elusión despreciativa y tangencial de Occidente, que de vez en cuando despierta, para descubrir con morbo las tragedias de esa madre tierra.

Entonces, cuando el lente de la civilización se acuerda de que existe esa vasta pradera, acerca el zoom a la punta de sus dramas. Y allá van los morbosos cronistas a instalar el set de la angustia, reciclando imágenes de hambrunas en el Sahel, con esqueletos vivientes que nunca tienen nombres, punteados de moscas los rostros. O amedrentando con los tiempos del cólera en Zimbabwe, las cuchilladas de las guerras civiles o los supuestos demoníacos de la reacción musulmana.

A uno le revuelve el gen bantú o mandinga tanta hipocresía. Y recuerda que ni los más preclaros antihéroes y rebeldes ante el furor mercantil y ganancioso de los eternos colonizadores, pudieron sustraerse a mirar hacia África con «technicolor». El gran Hemingway buscó las verdes colinas de África y las nieves del Kilimanjaro solo como evasiones de su tristeza existencial. La escritora danesa Karen Blixen (Isak Dinessen su seudónimo) se fue a Kenia en 1913 con su marido a dirigir una plantación de café, y a probar sus pasiones, curiosidades y habilidades en un país silvestre. Con los años, el gran cineasta norteamericano Sydney Pollack recreó fílmicamente las memorias de esa inquieta mujer en una Meryl Streep esplendorosa... Un memorable triángulo amoroso europeo... con escenografía y telón de fondo keniano. África mía, el tierno título de ese filme, conmueve todavía y se ha multiplicado en mil motivos y sitios de Internet por quienes, al final, sienten el drama de África como una rutina, una especie de ley de gravitación universal, que de vez en cuando los sorprende con una manzana podrida.

Hoy solo puedo decir: respeto para África, la madre de la civilización, desde aquel primer humanoide que asumió la posición bípeda y alcanzó a tomar el fruto con intencionalidad. África, el surtidor de toda la riqueza y el esplendor que hoy sustentan el Norte, gracias a la sangre y el sudor de aquellos aherrojados allende el mar. África, la que nos pisa los talones y nos señala. Y aún así, generosa por encima de sus penas. África, que con sus misteriosas forestas les salva el oxígeno hasta a sus opresores. África inmensa.

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