Una mosca y la historia de mañana

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo

Este quisiera ser un texto en blanco. Un pedazo de página innecesaria porque ya sus contenidos hubieran pasado de moda. Un sitio, en fin, para otras letras más sublimes. Pero la realidad cae como un mazazo y obliga a reiterar. (¿O será que a los periodistas nos gusta decir lo mismo?).

Releo al agudo colega Osviel Castro, cuando en su comentario de hace unos días, en esta misma página (La mosca y los detalles, 7 de diciembre), se refería a la pista de aterrizaje de una mosca sobre el dulce de coco de cierto centro comercial «de excelencia». Describía el periodista cómo ante el señalamiento de un cliente, la dependienta de la entidad pasó de hacerse la sueca a poner cara de «plaff», para terminar pidiendo un paño a otra empleada.

Como el personaje de aquel comentario, abro el disco duro y reviso cuántos y cuántos casos similares nos topamos a diario; y cuántas veces se ha dicho y recontradicho de todas las formas posibles.

Es imposible no pensar en el Che, que con sus 80 años de perenne juventud, continúa alertando desde sus textos y su vida para que el Socialismo y la belleza anden de la mano, porque al final son lo mismo; para que el trabajo y el amor no se desencuentren; porque solo juntos construyen lo grande.

Por el Che, por su afán poético de ser realista soñando lo imposible, llega a mi recuerdo la Casa de las Américas y una bella joven que vende libros allí, en moneda nacional. No son más que dos estantes en un estrecho rincón, pero esa muchacha hace maravillas para informar y agradar a las personas que desean comprar algún volumen. Y uno, si al final no compra nada, se va sabiendo un poco más de los autores, agradeciendo la amabilidad, prometiéndose volver en otro momento, aunque solo sea para conversar un rato.

¿Dónde está la clave de los buenos servicios? Parece obvia, pero si así fuera, ya la habríamos descubierto, puesto en práctica y estas líneas podrían brillar por su ausencia. Vocación, profesionalidad, buen trato, remuneración suficiente, control... ¿Cuántos ingredientes son necesarios? ¿Por qué algunos de ellos parecen tan divorciados de una sociedad a la que debían serles consuntanciales? ¿Qué hemos hecho —en lo personal, en lo institucional— para que lluevan por fin, estas esencias en nuestro campo? ¿Cómo deben abonarse —cuando llegan— para que no se vayan más del manto freático social?

Ya sabemos por el Apóstol que las causas gigantes se salvan o se pierden en detalles. En aquellos ínfimos detalles a los que se refería Osviel, que pueden ser tan elementales como espantar una mosca a tiempo.

Pero no se levanta la mano, no se encuentra el paño, la cara de enfrente se pone agria y, al final, la mosca deposita en el dulce y en nuestros ojos, una sucia decepción que parece imposible de arrancar.

Ah, la poesía. La carga para matar bribones de Rubén. La luz cegadora de Silvio. El ánimo de Fidel que partió en dos la Historia universal en aquel 59. La brava ternura de Martí, para la agonía de la edificación. La edificación que no termina, que no debe, que no puede terminar en este suelo, por rebelde, distinto.

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