Voceando por los voceadores - Opinión

Voceando por los voceadores

Autor:

Juan Morales Agüero
Este tema me lo sugirió la lectura de un sitio periodístico insertado en Internet. Lo que atrapó mi atención dice textualmente: «Casi todos los diarios y revistas que se leen en Sudamérica son vendidos en la calle por voceadores, quienes acuden a las más ingeniosas tretas para que los compradores potenciales metan la mano en el bolsillo y adquieran la publicación».

Junto al artículo aparece una simpatiquísima caricatura, en la que uno de estos vendedores ambulantes exhibe, mientras camina, una sonrisa de oreja a oreja.

Los voceadores —en algunos países también les dicen canillitas— son los portavoces de la prosa de prisa de la que habló Guillén, esa que se engendra en las fuentes, nace en las redacciones y se reproduce en tinta y papel en las rotativas.

En América Latina aparecieron allá por 1722, cuando comenzaron a distribuirse las primeras gacetas de la Colonia con el pensamiento de los hombres ilustrados de la época, pero no es hasta el siglo XX en que su presencia se hace notoria en las calles, con la voz puesta en la última noticia del día.

Al terminar de leer el sitio me pregunté: ¿Y por qué en algunas provincias cubanas ya no se ven los voceadores de periódicos? En efecto, desaparecieron sin que apenas nos diéramos cuenta. Sin embargo, los hubo hasta hace poco tiempo. Recuerdo a un mulato cincuentón que daba pedal por toda la ciudad de Las Tunas con su carga en la parrilla. ¡Qué manera de vender periódicos aquel hombre! Siempre tenía a flor de labios un ingenioso pregón: «¡Vaya, “rolinia”, la fruta de los mil sabores!», repetía sin parar uno de los titulares del rotativo provincial. Y la gente, curiosa, le compraba la edición.

El asunto parece ser sintomático solamente en algunas regiones del país. En Ciudad de La Habana, por ejemplo, los voceadores abundan todavía. Ubicuos, uno se los topa en guaguas, parques, terminales, avenidas, cines... Advierto que no hablo de revendedores callejeros, ¿eh? Ya eso es harina de otro costal. Digo personas con autorización oficial para andar todos los días por las calles con sus bultos de publicaciones a cuestas, mientras le cantan a capela una oda a la noticia impresa. ¿O acaso no es el pregón un arte legítimo?

Alguien puede objetar mi punto de vista con una observación demoledora: ¡los periódicos se venden como pan caliente en los estanquillos! Pero, ¿y otras publicaciones que duermen durante meses el sueño de los justos sobre los mostradores y se aburren como ostras entre el polvo y la falta de gestión? Montones de ejemplares van a parar adonde usted sabe sin antes pasar por las manos y los ojos de los lectores a quienes van dirigidos.

En nuestro país los voceadores de prensa son hoy, de cierta manera, trabajadores ideológicos. Recorren su geografía difundiendo mensajes, ideas y razonamientos. Nadie los subestima ni los extorsiona. No son niños que buscan sustento ni personas con discapacidad carentes de atención. Para vender no tienen que andar con sofismas sensacionalistas de «oye, cómo lo cogieron...», porque en Cuba se eliminó desde hace mucho tiempo la crónica roja.

Entonces, ¿no vale la pena recuperarlos y ponerlos en el lugar que les corresponde? ¿No sería, incluso, una nueva alternativa de empleo digna de tenerse en cuenta?

Hay algo más: la Batalla de Ideas en la que estamos inmersos puede encontrar magníficos soldados en los voceadores de prensa. Ellos están en condiciones de insertarse de maravillas en tal contexto si se aprovechan sus potencialidades.

El inmovilismo de los estanquillos se pulverizaría con la movilidad de estos hombres, suerte de heraldos de la información. ¡Qué bueno sería encontrarlos de nuevo en nuestras calles, voceando con ingenio algunos de los preceptos que están convirtiendo a Cuba en uno de los países más cultos del mundo!

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