¿Armas para igual tarea terrorista?

Autor:

Juana Carrasco Martín

Por los titulares de algunas de las agencias noticiosas, todo parece inofensivo: «Honduras-EEUU: Devuelve armas de guerra fría» o «Ejército de Honduras traslada armamento a EEUU». Se trata de un arsenal almacenado durante 22 años en el Comando de Apoyo Logístico del Ejército, ubicado en Naco, en el norteño departamento de Cortés, y se dice que las Fuerzas Armadas hondureñas lo recibieron en 1986 «para utilizarlo en un eventual enfrentamiento con Nicaragua».

Centenares de cajas de municiones, 4 600 fusiles FAL y 800 AK-47, 30 cañones antiaéreos de 20 milímetros con cajas de repuestos, 2 500 cohetes (no se especifica de qué tipo) y 48 cohetes RPG-7, son en detalle el armamento declarado por el vocero de las Fuerzas Armadas, coronel Ramiro Archaga, quien especificó que los primeros cargamentos salieron a principios de este diciembre, en diez contenedores, desde Puerto Cortés, y que el resto será enviado entre enero y febrero.

Puerto de destino del armamento: Miami, ¿dónde si no? y su traslado se realiza en un «prudente secreto, porque es una operación de alto riesgo», dijo el militar hondureño sobre la operación que completa, por ahora, el ciclo iniciado en 1986 por una empresa panameña, Longlac Enterprises, la que dio la cara entonces como subsidiaria de la compañía Sanco Global Arms, con sede en Miami.

Veamos algunos intríngulis que dan la medida exacta del caso. En primer lugar, la calificada como «Guerra Fría», era nada más y nada menos que la guerra sucia que Estados Unidos, a través de la CIA, otros servicios secretos y fuerzas especiales del Pentágono, llevó a cabo contra la Nicaragua sandinista y los movimientos guerrilleros centroamericanos. Por supuesto, la contrarrevolución nicaragüense y terroristas de origen cubano como Luis Posada Carriles les sirvieron como soldados mercenarios en las operaciones guerreras que luego estallaron en uno de los muchos escándalos estadounidenses: el Irán-contra o el narco-contra, donde el «intercambio» resultó en armas por drogas.

Un segundo punto de aclaración: El arsenal que va rumbo a Miami, no irá a parar a las santabárbaras de alguna de las bases militares de las Fuerzas Armadas estadounidenses en el estado de la Florida. Ha sido reclamado por los proveedores originales, y está claro que el intermediario que las hizo llegar en la década de los 80 a Honduras fue el terrorista cubano-estadodunidense Mario Delamico, propietario de Longlac Enterprise, quien se identificaba entonces en toda el área centroamericana como «comerciante de armas», y que realmente, como lo identifica El Nuevo Diario de Nicaragua, en 1985 era el jefe de Logística del Dispositivo de la CIA encargado de abastecer a la contra.

En 1999, Delamico intentó vender el armamento en custodia a los cuerpos policiales hondureños, y fue entonces que el ministerio Público hondureño investigó el asunto y decomisó el arsenal, que era mucho más «rico», pues por razones de seguridad, en el año 2000, las fuerzas armadas de ese país destruyeron 41 000 kilos de artefactos explosivos (800 minas antipersonales, 5 960 granadas de 60 milímetros, mil granadas antitanque, 22 000 fulminantes, 23 440 kilos de dinamita, mecha y cordón detonante).

Largo fue el proceso legal desde entonces, y ahora, el tribunal de justicia de la ciudad de San Pedro Sula, falló a favor de los traficantes, así que si los pertrechos pertenecen «legalmente» a Longlac Enterprises y se los reenvían a EE.UU., Mario Delamico, el abastecedor de la contra, tiene de nuevo en sus manos pertrechos suficientes para armar cualquier ejército de mercenarios y terroristas.

Como por el hilo se saca el ovillo, el extenso artículo de El Nuevo Diario describe los vínculos de Delamico con el terrorista Luis Posada Carriles, el asesino de las 73 víctimas del atentado con bomba al avión de Cubana de Aviación, hecho estallar en el aire en octubre de 1976, y organizador de los atentados con C-4, el explosivo predilecto de la CIA y sus soldados, contra hoteles cubanos en 1997, en uno de los cuales murió el joven turista italiano Fabio Di Celmo.

Agrega que Delamico, quien tenía residencia tanto en Honduras como en El Salvador, tuvo estrechas relaciones con jefes militares y policiales de esos países, y esto facilitó la ejecución de acciones encubiertas contra el gobierno sandinista. Y es que estaba muy bien apuntalado, pues depositaba sus arsenales en batallones militares porque lo avalaba la embajada de Washington en Tegucigalpa.

Basta con releer algunos párrafos de la autobiografía de Luis Posada Carriles, Los caminos del guerrero, en el capítulo en que describe la red de abastecimiento de la contra en abril de 1986, para confirmar toda aquella operación.

Allí están las bases hondureñas utilizadas, Palmerola y El Aguacate, y la de Ilopango, en El Salvador; las compañías aéreas empleadas por la CIA, Southern Air Transport y Arrow Air; los nombres de los pilotos mercenarios estadounidenses; los convenios de la CIA y la contra («La CIA, que estaba a cargo de este proyecto, veía con muy buenos ojos que un grupo independiente apoyara con armas y municiones a los rebeldes antisandinistas», dice Posada Carriles).

También aparecen las cargas de armamentos adquiridas y enviadas por el teniente coronel Oliver North, asesor de seguridad del presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan; y los nombres de los cubanos involucrados...

Uno de ellos, Mario Delamico: «En un momento dado habíamos varios cubanos involucrados en la guerra. En Honduras se encontraba Mario Delamico, hombre de confianza del general Regalado y a quien este había encargado de la logística; no había vuelo o barco que llegara con armamento para los Contras que no fuera controlado por Mario...»

Por supuesto, aquellas armas, que ahora circularán libremente en Miami, tenían entonces objetivos bien definidos en Nicaragua y Cuba. ¿Quién asegura que no tengan igual tarea terrorista?

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